Número 1 - Primer semestre 2017

Reseñas

Miradas renovadas para una nueva estructura.
Interpretaciones para leer la Argentina
contemporánea

  • Carla Zibecchi

    Carla Zibecchi es socióloga, magíster en Políticas Sociales y doctora en Ciencias Sociales de la UBA. Profesora Adjunta del Profesorado de Sociología de la misma casa de estudios, dedicada a la enseñanza de la didáctica de la disciplina. Es investigadora Adjunta del CONICET e investigadora adscripta del Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales “Ambrosio L. Gioja” (UBA). Se dedica a los estudios de género, la sociología del cuidado y de la política social. Correo electrónico: carlazibecchi@hotmail.com

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    Referencia electrónica
    Zibecchi, Carla (2017). Miradas renovadas para una nueva estructura. Interpretaciones para leer la Argentina contemporánea a propósito de “La sociedad Argentina hoy. Radiografía de una nueva estructura”. Gabriel Kessler (compilador) (2016). Buenos Aires: Siglo XXI editores y Fundación OSDE. Ciudadanías. Revista de Políticas Sociales Urbanas N°1. Primer semestre 2017, pp. 213 -220 [En línea]. Consultada el: 23-06-2018
    URL: http://untref.edu.ar/sitios/ciudadanias/n1_resenas_art1.php
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A propósito de La sociedad argentina hoy.
Radiografía de una nueva estructura.

Gabriel Kessler (compilador) (2016). Buenos Aires: Siglo XXI editores y Fundación OSDE.

Resulta sumamente oportuno que este año se haya publicado la obra La Sociedad Argentina Hoy. Radiografía de una nueva estructura. Ciertamente, hoy más que nunca, frente a la presencia de un nuevo ciclo político resulta imperioso analizar las mutaciones que la estructura social ha tenido. La obra compilada por Gabriel Kessler –en la cual participan diversos y destacados investigadores– nos permite revisar ciertas categorías de sentido común y académicas desde las cuales pensamos las mutaciones de la estructura social. Aquí encontramos una gran potencialidad de la obra en la coyuntura actual: se trata de una publicación de difusión, abierta a legos y no solo a especialistas, lo cual le brinda una amplia posibilidad de difusión, de lectura y de apertura de nuevos debates políticos y académicos sobre la sociedad argentina de ayer y de hoy. En consecuencia, quisiera destacar el esfuerzo de los autores –que se observa en cada uno de los capítulos– por lograr una escritura ágil y un ejercicio de transposición didáctica del conocimiento científico a un contenido de difusión general, aunque no por esto menos riguroso y sólido.

Quisiera destacar otras cualidades de la obra como producto. En primer lugar, no se trata de una compilación de investigaciones sobre la estructura social, traducida en un agregado de capítulos que forma un libro. Muy por el contrario, se observa una importante coherencia interna en la estructura y en la organización de la obra, desde su índice –que constituye un excelente hilo conductor– hasta la correspondencia teórica y metodológica entre los capítulos, la lectura y las referencias entre autores que dan cuenta del trabajo y la discusión previa.

Como se destaca en la Introducción –cuya autoría es de Gabriel Kessler–, el estudio de la estructura social está definido por abordar los elementos centrales que la componen –individuos, grupos sociales, instituciones– de una sociedad y las relaciones entre ellos. Así, la obra analiza, considerando las caracterizaciones efectuadas en el pasado, la actual configuración de clases, la configuración urbana y rural de la Argentina presente e incorpora nuevos núcleos temáticos: el consumo, el conflicto social y la protesta, y la problemática de la discriminación.

Ahora bien ¿cómo considerar los cambios? ¿cómo evaluar las transformaciones de estos fenómenos? Ciertamente, todo proceso de transformación social va a ser percibido por las disciplinas según sus condiciones de producción, lo que lleva a los investigadores a revisar categorías, metodologías y, por supuesto, temporalidades. Tarea nada fácil, por cierto. En este sentido, quisiera destacar que cada uno de los autores reflexiona sobre las temporalidades de los procesos y los factores para evaluar las transformaciones. Los factores estructurales son de larga o mediana duración; los de índole política tienen una temporalidad de mediana y corta duración, y los de índole simbólica –imaginarios, representaciones sociales que operan sobre la subjetividad de los actores– se desarrollan en otra temporalidad particular y gozando de cierta autonomía relativa con los otros factores. Por tal motivo, los ritmos y las dinámicas de cada proceso pueden gozar de mayor o menor autonomía entre sí. Por eso, ya desde su introducción, se advierte que el arco temporal contemplado en cada capítulo no es el mismo: los procesos demográficos no se desarrollan al compás de los cambios políticos; la estructura ocupacional es un proxy de la estructura de clase, se encuentran asociadas pero tienen diferentes ritmos de transformación y consolidación.

Otra virtud del libro es que da cuenta de la tradición y de la importante producción acumulada y consolidada en los estudios sobre la estructura social en Argentina; los capítulos se nutren de los trabajos clásicos desde los aportes de Gino Germani y Susana Torrado, entre otros autores. Se trata de un trabajo que recupera y respeta la tradición sociológica, sin perjuicio de advertir la relevancia de evaluar en qué medida las categorías, los conceptos y las teorías empleados en las investigaciones clásicas nos permiten captar las metamorfosis que se están produciendo en la estructura social.

En relación con el alcance geográfico, los capítulos intentan también tomar los recaudos necesarios para describir matices, mostrando diferencias por regiones (lo rural, lo urbano) y por provincias, mostrando puntos de encuentro y de diferenciación territoriales. Pero el lector no solo encontrará en el libro un análisis de tendencias según las divisiones geográficas y políticas que organizan nuestro país, también hallará que el territorio es mucho más que un recorte espacial para estudiar un fenómeno de características estructurales. En concordancia con otras investigaciones contemporáneas, la definición de “lo territorial” se apoya en una dimensión espacial, en otra político-institucional y en una dimensión simbólica, cuyas fronteras no son fáciles de delimitar. Es precisamente en ese entramado donde radica la riqueza heurística de la noción de territorio pensado al mismo tiempo como escala y como escenario para el estudio de individuos, grupos e instituciones (Paura y Zibecchi, 2013).1 Por ejemplo, el libro da cuenta de que no todos los territorios tienen la misma estructura de clases, que la sociabilidad de las clases sociales puede estar determinada por los lugares de residencia, que el territorio es un locus de articulación política y social desde el cual se puede comprender la politicidad de las clases populares.

El libro se estructura en tres partes: la primera, vinculada a la estructura demográfica, el sistema urbano y rural; la segunda, a las clases sociales –siguiendo la división tripartita del análisis sobre estructura de clases–; y la tercera, que presenta tres temas de relevancia social y disciplinar: el consumo, el conflicto y la discriminación.

Muy acertadamente el trabajo “La Población y la estructura social”, de Georgina Binstock y Marcela Cerrutti, es el primer capítulo, ya que le permite al lector tener un acercamiento a un aspecto clave: los rasgos morfológicos de una sociedad, esto es, el estudio de la estructura y la dinámica de la población, lo cual implica considerar los comportamientos diferenciados de los grupos sociales. En este capítulo se analizan características de la dinámica y la estructura social demográfica estableciendo vínculos con los procesos históricos que las han moldeado. Seguido a ello, se revisa en qué medida la diferenciación social condiciona comportamientos vinculados a la salud, la formación y la dinámica familiar, la reproducción social y los movimientos de las poblaciones (migraciones). Así, el trabajo plantea cómo el estrato socioeconómico, la edad, el nivel educativo, la región de residencia, el género pueden operar como patrones de desigualdad, temas que luego son retomados por los capítulos siguientes. El capítulo concluye presentando cuestiones de actualidad que están –o deberían estar– en la agenda pública. Así, reflexiona sobre los desafíos que impone el proceso de envejecimiento poblacional a las políticas públicas, en particular al sistema de seguridad social, las políticas en salud y las políticas de provisión de cuidado.

Seguidamente, el libro se centra en el fenómeno urbano reciente. “El sistema urbano y la metropolización”, de Marie-France Prévôt-Schapira y Sébastien Velut, analiza las transformaciones del espacio urbano en la Argentina, reconociendo que se vinculan con cambios en los estilos de vida, en la composición de las familias, en los modos de producción económica y en las políticas públicas. Y esto marca una diferencia con respecto al pasado, cuando el crecimiento urbano podía explicarse como una consecuencia del crecimiento poblacional y de las migraciones. Según los autores, las principales dimensiones del fenómeno de transformaciones del sistema urbano nacional son: la metropolización de los centros principales o secundarios, la asociación de la evolución del sistema urbano con el carácter federal del país y los flujos internacionales que permean al espacio urbano. Un aspecto clave del trabajo es que los autores se preguntan en qué medida las tendencias que transformaron el espacio urbano (la construcción de espacios excluyentes, cerrados y exclusivos) se vieron alteradas por la intervención del Estado y las posiciones favorables a la reconstrucción de lo público y a la redistribución del ingreso. Los autores acercan respuestas a este interrogante, que es uno de los ejes del trabajo: la reducción de las brechas de ingreso no ha significado la reducción de la segregación, como tampoco ha implicado el fin de la fragmentación urbana.

“Los cambios en la estructura social agraria argentina”, de Adriana Chazarreta y Germán Rosati, revisa las principales transformaciones en la estructura social agraria de los últimos 30 años. En primer lugar, el capítulo se centra en las formas de producción agraria, en la cual el emergente más evidente es el peso que la soja tiene en la producción agraria total y todos sus fenómenos asociados: el desplazamiento de los productos tradicionales del país y las nuevas formas de organización de la explotación y el trabajo caracterizadas por ser intensivas en capital y por emplear menos fuerza de trabajo. El capítulo también se ubica en el debate sobre la propiedad de la tierra y las diversas posiciones que conviven en él, revisando tendencias en base a la información empírica disponible y elaborando hipótesis en torno al fenómeno: el proceso de concentración de la producción agropecuaria no parece ir acompañado –en la misma medida– por la concentración de la propiedad agrícola. Dicho aspecto, para los autores, sí marca un punto de diferencia con otros momentos de la historia de la estructura agraria. Finalmente, los autores se centran en ejes clave para la comprensión del fenómeno: cómo quedan definidas las nuevas posiciones en la estructura agraria –como consecuencias de dichos procesos– y qué sujetos se transforman. El capítulo resulta central para poder revisar algunas afirmaciones en torno al modelo agroexportador del país, como el carácter “irreversible” de la estructura agraria.

Gabriela Benza escribe un capítulo central de la segunda parte del libro titulado “La Estructura de clases argentina durante la década 2003-2013”. Central en cuanto presenta rasgos morfológicos de la estructura de clases –otros capítulos analizan lo sucedido en cada una de las clases–, revisando el plano del bienestar material –a la luz de los principales indicadores sociales– y la movilidad social. El análisis de Benza retoma la división tripartita (clase altas, medias y populares) de los trabajos clásicos sobre estructura social –como los de Gino Germani–, para poder establecer cierta comparabilidad entre períodos históricos, tomando como referencia las posiciones en la esfera laboral y la mirada relacional para dar cuenta de la fragmentación y desigualdad de clases. El capítulo logra establecer referencias comparativas con evidencia empírica, al mismo tiempo que no deja de efectuar una reflexión metodológica sobre los datos disponibles, sus alcances y sesgos, lo cual le brinda mayor fundamento y consistencia. Así, la autora demuestra cómo durante el período bajo análisis se produjo una recuperación de los ingresos que benefició a todas las clases, pero más particularmente a las populares, y esto ocasionó que las brechas entre clases se redujeran, con desempeños diferentes pero no por esto poco significativos. En mi opinión, el capítulo cierra abriendo un interrogante que en la coyuntura actual del 2016 es central: Benza se pregunta en qué medida esta mejora en la distribución del ingreso redujo los niveles de vulnerabilidad de los sectores populares haciéndolos menos proclives a las caídas profundas frente a cambios de coyuntura.

A continuación, Pablo Semán y Cecilia Curto presentan “Los sectores populares”, continuando con una concepción de la estratificación social que subraya el papel definidor de la esfera ocupacional. En particular, el trabajo de Semán y Curto destaca que una de las bases de la heterogeneidad de lo popular ha sido la dinámica del mercado de empleo, hace referencia a la evolución de las remuneraciones –que durante el período ha tenido una notable mejoría– y señala algunas de las dificultades que enfrentan estos sectores para acceder a los sistemas de salud y educación. El objetivo central del capítulo se basa en revisar el vínculo de los sectores populares con la política a través de tres intensos y heterogéneos procesos. En primer lugar, la territorialización de la política popular que se densificó, se diversificó y estableció nuevos vínculos con las diferentes agencias estatales. En segundo lugar, la estatización, entendida como un proceso de centralización estatal que generó un nuevo escenario de convergencia entre los sectores populares y el Estado, repercutiendo en las condiciones estructurales que definieron a estos sectores. Finalmente, los autores caracterizan el tercer proceso como de sindicalización, para dar cuenta de la revitalización sindical posterior a 2013 y cómo las organizaciones territoriales y sindicales se disputaron el protagonismo y se incorporaron a diferentes funciones de gobierno.

“La formación y la actualidad de la clase media argentina”, de Ruth Sautú, retoma la tradición sociológica marxista y la weberiana para analizar la composición de la clase media en la actualidad. Uno de los ejes de su trabajo es valerse del concepto estilo de vida para efectuar su estudio, entendiendo por tal a las construcciones colectivas sedimentadas y cristalizadas en las experiencias de interacción social, experiencias recurrentes asociadas a espacios territoriales y de sociabilidad que sedimentan los modos de pensar, actuar y de relacionarse con otros. Asimismo, marca distinciones con la categoría de clase social, dando cuenta de que, pese a las intensas similitudes, existen diferencias analíticas que es importante señalar: detentar un estilo de vida no implica automáticamente pertenecer a una clase social. El capítulo no solo describe la composición del sector medio como clase social sino que también da cuenta de patrones de comportamiento y modelos culturales (valores sociales, ideologías) que históricamente caracterizaron a la clase media argentina. Ruth Sautú termina su capítulo con dos interrogantes políticos sobre las clases medias vinculados con los modelos y valores sociales predominantes en los miembros de la clase media y los procesos de autoidentificación de clase de los sectores medios.

Completando la división tripartita de la estructura de clases, Mariana Heredia cierra la segunda parte del libro con su capítulo “Las clases altas y la experiencia de Mercado”, desmitificando mitos frecuentes sobre la clase alta argentina que, si bien no son sociológicamente sostenibles, como destaca la autora, tienen una eficacia política indudable hasta hoy en día. El primer mito que derriba el capítulo de Heredia es la imagen de la clase alta terrateniente pampeana, basándose en las transformaciones que sufrió la estructura social agraria, entre otras dimensiones que analiza sobre las familias que otrora pertenecieron a este sector. El otro mito es sobre el empresario de los años noventa, caracterizado –desde el sentido común, con una fuerte impronta del periodismo de investigación– por obtener su fortuna de manera ilícita. A continuación, la autora se detiene a analizar las transformaciones en los ingresos y en la propiedad (concentración y extranjerización de la propiedad), lo cual le permite identificar –y luego analizar– dos grupos como exponentes de las clases altas argentinas: grandes empresarios y altos ejecutivos y considera no solo sus volúmenes de riqueza sino también sus prácticas particulares y sus patrones de consumo (lugares de residencia elegidos, escuelas para sus hijos, espacios de sociabilidad, entre otros).

“Salir a comprar”, escrito por Carla del Cueto y Mariana Luzzi, encabeza la tercera parte del libro. El capítulo destaca las virtudes del estudio del consumo para la estructura social: como parte de la definición de un grupo y la identidad de las clases sociales, por el solapamiento entre la figura de consumidor y el ciudadano y por el rol central que desempeñó en el crecimiento económico de la última época. Así las cosas, las autoras realizan una revisión bibliográfica que les permite una conceptualización del consumo que va más allá de las estrategias de distinción, la moda o la necesidad. Las autoras dan cuenta del mayor nivel de bienestar en los hogares durante el período estudiado a través de la adquisición de un mayor equipamiento, más consumos culturales y de entretenimiento, bienes asociados a las nuevas tecnologías, mayor acceso al crédito por parte de algunos sectores producto de un conjunto convergente de transformaciones (elevación del nivel de salarios, incremento de transferencia de ingresos, ampliación de servicios y productos financieros). Este consumo ha adquirido un rol central y ha producido un mayor bienestar para los hogares y más reconocimiento social. Sin embargo, y a la luz de los conceptos de estilos de vida y clase social, problematizan sobre la cuestión de si este mayor consumo de por sí puede traer aparejado un cambio de posición en la estructura social.

El tema del conflicto social y la protesta es desarrollado por Sebastián Pereyra –en su capítulo titulado “La estructura social y la movilización”– utilizando datos de un estudio sobre protesta social en la Argentina reciente. Así, revisa conflictos y demandas más importantes que caracterizan al escenario actual de movilización, preguntándose en qué medida las diferencias de clases son importantes para la estructuración de los conflictos. Como principales hallazgos en términos comparativos, el trabajo de Pereyra destaca que los conflictos y protestas recientes no dieron lugar a la constitución de un nuevo actor colectivo, como sí ocurrió en los noventa (por ejemplo, con el movimiento piquetero). En la actualidad, dice Pereyra, presenciamos una ampliación y diversificación de los actores de la protesta, por ejemplo, a través de la presencia de los sectores medios en las protestas. Ahora bien, en los conflictos ligados a la esfera laboral, la distinción de grupos socioeconómicos sí es constitutiva para su comprensión. Por su parte, en los conflictos ligados a los reclamos ambientales la importancia del territorio es tal que el sesgo de clase está en relación con los rasgos y las características de las comunidades afectadas por la problemática.

El libro concluye con el capítulo de Mario Pecheny “La discriminación, la diversidad social y la estructura en la Argentina”. Aquí el lector encontrará un trabajo de carácter propositivo para continuar con las investigaciones e intervenir en materia de discriminación y de diversidad, en particular las vinculadas con el género y la sexualidad. Así, el autor plantea un tema de vacancias central: en Argentina parece no haberse hecho el esfuerzo suficiente por explicar cuánto y cómo las desigualdades económicas determinan condiciones de vivir la diversidad corporal, es decir, falta buscar patrones específicos de relaciones, examinar mediaciones y modalidades que vinculan estructuras y fenómenos. La dinámica de la vulnerabilidad y la desigualdad es una y se retroalimenta; por tal motivo es central considerar las vulnerabilidades como estructurales y no como un simple resultado de actitudes, conocimientos o prácticas. Así, Pecheny recupera el concepto sociológico y político-práctico de vulnerabilidad estructural en tanto encuentra en él ciertas ventajas tanto en lo que respecta a su poder explicativo como a su potencial político: concebir la vulnerabilidad como estructural implica examinar la diversidad siempre en contextos específicos. El capítulo concluye con reformulaciones epistemológicas pendientes que invitan a revisar los supuestos no estructurales de los fenómenos. ◙

Bibliografía

Paura, V. y Zibecchi, C. (2014). “Dinámicas institucionales, lógicas de los actores y territorio en el estudio de la política social. Veinte años de investigación en la Argentina”. En: L. Pautassi (dir.). Marginaciones sociales en el área metropolitana de Buenos Aires. Acceso a la justicia, capacidades estatales y movilización legal (333-396). Buenos Aires: Biblos.

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