Número 1 - Primer semestre 2017

Dosier 2 - Sobre juventudes: problemas, debates y políticas

Sensibilidades, derechos y participación juvenil en el escenario político
Itinerarios de investigación y agendas de discusión

  • Pedro Núñez

    Doctor en Ciencias Sociales (UNGS/IDES), Magister en Estudios y Políticas de Juventud (Universidad de Lleida, España) y Lic. en Ciencia Política (UBA). Es investigador asistente del CONICET y del Área Educación de la FLACSO Argentina. Es docente en UBA y en distintos posgrados. Co- coordina el Núcleo de Estudios sobre la Escuela y los Vínculos Intergeneracionales en FLACSO e integra el Equipo de Estudios sobre Políticas y Juventudes (EPoJu) del Instituto Gino Germani de la UBA, la Red de Investigadores/as en Juventudes de Argentina y el GT "Juventudes, Infancias: Políticas, Culturas e Instituciones Sociales" de CLACSO. Es coautor, con Inés Dussel y Andrea Brito, de Más allá de la crisis. Visión de alumnos y profesores de la escuela secundaria argentina (Ed. Santillana, 2007) y autor del libro La política en la escuela (La crujía, 2013). Su último libro, en coautoría con Lucía Litichever es Radiografías de la experiencia escolar. Ser joven(es) en la escuela (Grupo Editor Universitario, 2015). Contacto: pnunez@flacso.org.ar

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    Referencia electrónica
    Núñez, Pedro (2017). Sensibilidades, derechos y participación juvenil en el escenario político. Itinerarios de investigación y agendas de discusión. Ciudadanías. Revista de Políticas Sociales Urbanas N°1. Primer semestre 2017, pp. 97-118 [En línea]. Consultada el: 23-06-2018
    URL: http://untref.edu.ar/sitios/ciudadanias/n1_dossier2_art3.php
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Resumen

Este artículo aborda la discusión acerca de las formas de participación política juvenil en el periodo entre 2008 y el ciclo político que termina con las elecciones presidenciales de 2015 en la Argentina, aunque se realiza el ejercicio de pensar qué dinámicas adquirieron estos fenómenos en países vecinos. La intención es proponer algunas claves y ejes a considerar como parte de un programa de investigación en la relación entre juventud y política. Para ello se analizan diferentes aspectos de las prácticas políticas juveniles, señalando aquellas cuestiones innovadoras en las formas de militancia como las que replican modos más tradicionales de involucramiento político.

Introducción

En los últimos meses de 2010, la ciudad de Buenos Aires en Argentina pareció revivir un auge de la movilización política estudiantil que hizo recordar épocas anteriores. La "toma"1 durante varios días de más de treinta escuelas secundarias no solo contrastó con la supuesta “apatía” de la juventud sino que, debido al alto nivel de articulación de las acciones de grupos de estudiantes de distintos establecimientos, sorprendió a gran parte de la sociedad. La sorpresa ante dicha irrupción dio cuenta del extrañamiento de diversos actores ante el sujeto juvenil y reveló una serie de supuestos adultocéntricos sobre la relación entre jóvenes y política (Borobia, Kropff y Núñez, 2013). Aun a riesgo de ser esquemáticos es factible señalar que las posturas ante el fenómeno se organizaron, a grandes rasgos, en dos tipos de discursos. Por un lado, un conjunto de referentes saludó el carácter transgresor y rebelde de jóvenes “inherentemente” transformadores de la realidad; por otro lado, recibieron un cúmulo de críticas y se los calificó de “vagos” que harían mejor en interesarse solo por estudiar sin plantear reclamos “políticos”.

Este artículo aborda la discusión acerca de las formas de participación política juvenil en el periodo entre 2008 y el ciclo político que termina con las elecciones presidenciales de 2015 en la Argentina, aunque se realiza el ejercicio de pensar qué dinámicas adquirieron estos fenómenos en países vecinos. La intención es proponer algunas claves y ejes a considerar como parte de un programa de investigación en la relación entre juventud y política. Para ello se analizan diferentes aspectos de las prácticas políticas juveniles, señalando aquellas cuestiones innovadoras en las formas de militancia como las que replican modos más tradicionales de involucramiento político. El texto se encuentra organizado en tres apartados. En un primer momento se realiza un breve recorrido por los itinerarios seguidos por los estudios de juventud en los países del MERCOSUR, para señalar las claves de análisis predominantes en las investigaciones y destacar las diferentes preocupaciones que organizan los interrogantes en los trabajos existentes en cada uno de ellos. En segunda instancia, se focaliza en el caso argentino a fin de indagar en la politicidad de las prácticas juveniles en la actualidad. Finalmente, en el tercer apartado se presentan algunas conjeturas acerca de cuáles son los temas de agenda que las acciones juveniles contribuyen a tornar visibles.

Claves de análisis y preocupaciones sociales
Los estudios sobre juventud en los países del MERCOSUR2

Los diagnósticos acerca de las características que asume la condición juvenil contemporánea en los países del MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) refieren, por lo general, a las dificultades de inclusión de los jóvenes vía los mecanismos clásicos de integración social como el trabajo y la educación, los problemas de violencia, los cambios en la manera de vivir la política, las relaciones de pareja o la sociabilidad en general, su relación con las nuevas tecnologías y los consumos culturales. Pese a que, en muchos casos, sus comportamientos son expresión de transformaciones que ponen en cuestión formas tradicionales de entender los fenómenos sociales, la imagen predominante hace hincapié en sus aspectos más negativos, enseñando un mosaico compuesto por piezas deslucidas que tienden a priorizar la veta trágica de la condición juvenil.

Este recorrido se propone identificar cuáles fueron los problemas de los jóvenes que cobraron preponderancia en la agenda pública en los últimos años y su incidencia en la agenda de investigación. Partiendo de esta premisa, se explora en las problemáticas más consideradas por los estudios sobre juventud en las últimas dos décadas de los países mencionados así como en las claves de análisis predominantes. Antes de iniciar el itinerario es preciso destacar dos cuestiones. La primera, la escasa presencia de investigaciones comparativas, más allá de algunos intentos recientes.3 En segundo lugar, señalar que existen notorias diferencias en cuanto a la existencia de relevamientos sobre la situación de la juventud a escala nacional así como en lo relativo al proceso de institucionalización de las políticas públicas de juventud. De allí las dificultades para comprender el desigual impacto de las transformaciones recientes en jóvenes de diferentes países y las similitudes en la manera de experimentar la condición juvenil contemporánea.

Iniciaremos el recorrido por el modo en que los estudios sobre juventud abordan la temática en la Argentina. En este caso, es posible afirmar que la década del noventa fue el momento en el cual las investigaciones ganaron visibilidad y se concentraron en la indagación en los procesos que constataban la ruptura de la matriz igualitarista, basada en la integración que favorecía el sistema educativo y en el acceso a los derechos sociales a través del mercado de trabajo.4 En el estado del arte realizado en 2006, Mariana Chaves destaca que la mayoría de los trabajos se ubican dentro del enfoque de clivaje social (aunque con una clara preferencia del de condición de clase y sector social por sobre otros como la etnia, la generación o género), en el del par inclusión-exclusión y en el de política y cultura. Asimismo, su trabajo da cuenta del incremento de las producciones académicas en el enfoque que denomina Sociabilidad, agrupamientos, tiempos y espacios.

En lo que respecta a los estudios sobre juventud y política, en la misma década comenzaron a cobrar preponderancia aquellos trabajos que intentaron el ejercicio de imaginar nuevos modos en que los jóvenes se involucraban con la vida política. Estas formas pueden caracterizarse como el intento de dar cuenta de la interrelación entre lo juvenil y la política o, dicho de otro modo, por enfatizar la politización de las prácticas juveniles (Chaves y Núñez, 2011).5 En el caso argentino, constatamos la existencia tanto de trabajos que privilegian un foco de análisis en las prácticas de las personas jóvenes en experiencias definidas como nuevas y ubicadas en el campo de los estilos y las opciones estéticas en la actualidad como aquellos que focalizan en la exploración en los significados de la participación, la política, los derechos y la ciudadanía y el estudio de espacios tradicionales como partidos políticos, sindicatos, el movimiento estudiantil o los aprendizajes políticos en espacios escolares (Kropff y Núñez, 2010, 2012). Estos trabajos iluminan aspectos menos considerados por la producción académica, al indagar en la forma en que los jóvenes aprenden, redefinen y generan prácticas políticas, más allá de señalar las crecientes condiciones de desigualdad que transformaron el contexto social en que estas tienen lugar.

Por su parte, debido a la diversidad y a la magnitud de la producción brasileña sobre la temática juvenil, presentamos aquí un recorrido más ilustrativo que exhaustivo. En los estudios existentes en este país, si bien las preocupaciones suelen referir a los procesos de exclusión que atraviesa la juventud, también hallamos enfoques novedosos que dan cuenta de la productividad de las prácticas culturales juveniles. Una parte de los trabajos, al enfatizar en la preocupación social respecto de los problemas vividos por los jóvenes, se enfocan en la descripción de sus consecuencias para la construcción de proyectos de vida (Abramo, 1997; Abramovay, 2002). De este modo, según Spósito (2000), los procesos de exclusión social –entendidos como “situaciones de riesgo”– cobran visibilidad en la esfera pública brasileña y penetran también en el ámbito de la investigación sobre la juventud. A su vez, si bien existen investigaciones que abordan la cuestión de la participación política juvenil, su visibilidad es menor en el campo de estudios y, por lo general, hacen hincapié en los valores, actitudes y repertorios de acción de los jóvenes (Krischke, 2005); otras indagan en las negociaciones por el espacio de la ciudad por los grupos culturales (Magnani, 2007), mientras que también existen trabajos que señalan la centralidad que adquieren las ideas ambientalistas para las organizaciones juveniles (Novaes, 2002) o sobre organizaciones en las favelas y de jóvenes con trabajos precarizados (PNUD, 2010). La contracara de esta preocupación es la existencia de una literatura sobre juventud en el Brasil orientada en dos direcciones: el análisis de los procesos de producción y promoción de estilos de vida juveniles y la centralidad del estudio de las violencias como clave de análisis.

En lo que respecta a la primera cuestión, las investigaciones incorporan el estudio del modo en que las producciones estéticas provocan transformaciones culturales. En esta oportunidad solo mencionaremos tres trabajos, como síntesis de la incorporación al campo de estudios de otros problemas de investigación y otras perspectivas teóricas. El primero es el estudio comparativo sobre producción artística e identidades juveniles en Brasil y Portugal (Machado Pais y Blass, 2004), que reúne trabajos que indagan en sus marcas corporales, los movimientos musicales, las formas de circulación por playas y calles, los significados del Carnaval. Los otros dos refieren a investigaciones en San Pablo, como el trabajo de Weller (2000), donde discute las implicancias que tienen las prácticas de jóvenes mujeres en tanto expresión de la lucha por la conquista del espacio y el reconocimiento en un movimiento cultural de fuerte predominancia masculina, como es el musical y el de Magro (2005), quien observa la construcción de “instantes de identidades”, donde las mujeres, a través del grafiti, expresan en el espacio público sus sentimientos, que vivencian una condición de exclusión social, generacional y de género.6

En cuanto a los estudios que abordan la cuestión de las “violencias”, las investigaciones manifiestan una creciente preocupación por indagar en la socialización violenta de los jóvenes, en la línea en que lo señaló unos años atrás Zaluar (1994). En el caso de los estudios sobre juventud y escuela, el estado del arte elaborado por Marilia Spósito (2000) destaca que desde mediados de los noventa existe un crecimiento exponencial de temáticas focalizadas en cuestiones sobre Jóvenes, Violencia y Grupos Juveniles. Este punto es coincidente con el análisis de Carrano (2002), quien señala que desde dicha década existe un desplazamiento en las preocupaciones, ya que antes que dar cuenta de las demandas de los actores educativos las investigaciones se enfocan en la observación de las interacciones entre los grupos de alumnos y entre los grupos de jóvenes y el mundo adulto. Finalmente, otros trabajos combinan la exploración en las formas de transitar la ciudad con el interés por dar cuenta del impacto de la tríada violencia-droga-tráfico en las formas de socialización juvenil (Castro, 2005). Por su parte, desde una perspectiva que señala la necesidad de explicitar el rol del espacio doméstico en cuanto a su poder de regulación social, Signorini Gonçalves (2006) rastrea algunos estudios que muestran la centralidad de los vínculos familiares para las personas jóvenes y, de manera simultánea, dan cuenta de las disputas intergeneracionales por los usos de la ciudad.7

En el Uruguay, la cuestión juvenil también suele remitir a la preocupación por “los problemas de los jóvenes”. Según el estado del arte elaborado por Losardo y Viscardi (2003), si bien los temas que llaman la atención de las investigaciones pueden ser similares a los de los países vecinos, la especificidad uruguaya radica en que fenómenos como la violencia y la delincuencia, la emigración o la apatía política de las nuevas generaciones suelen leerse como manifestaciones de la ruptura del tejido societal. Estas características eran ya constatables en los estudios que analizaron los datos de la primera Encuesta Nacional de la Juventud de 1990, que destacaron como eje principal de análisis los procesos de diferenciación socioeconómica de la estructura social, en particular la relación entre escuela y trabajo (Rama y Figuereido, 1991).

Este sesgo de la investigación sobre juventud en el Uruguay fue parcialmente compensado en los últimos tiempos por la atención que otras disciplinas, como la antropología, prestaron a los jóvenes. Encontramos así estudios que abarcan el análisis de espacios como la Movida Joven montevideana (Moyano, 2005) o sobre la apropiación y resignificación de los símbolos, estéticas y significados en torno al consumo y la música electrónica (De Souza, 2006). Esta clave de análisis da visibilidad a otras dimensiones de la vida juvenil, aunque muchas veces apelando a conceptualizaciones que, tal como ocurrió en otras latitudes, analizan la emergencia de diversas tribus urbanas conformadas por jóvenes (Filardo, 2002).

A la par del desarrollo de las políticas públicas de juventud una corriente de la literatura examinó estas cuestiones (Rodríguez, 2000). Asimismo, encontramos trabajos que incorporan el estudio de las formas que asume la participación política juvenil (Sempol, 2004 y 2006; Graña, 1996) así como aquellos que indagan en las juventudes político-partidarias –en un país con un sistema de partidos más sólido que el existente en sus vecinos– y en la emergencia de otras demandas como la organizada en torno al Movimiento por la Liberación del Cannabis (Celiberti et al., 2008). Finalmente, un conjunto de estudios aborda la cuestión de las violencias, temática que cobró una creciente relevancia, expresada en investigaciones sobre las percepciones de violencia en la escuela secundaria (Viscardi, 2008), la situación de los jóvenes infractores (Trajtenberg, 2004) o cuestiones como la inclusión de los jóvenes como agresores en la agenda mediática sobre seguridad y temáticas como los miedos a la violencia en la ciudad (Viscardi, 2010 y Filardo, 2010).

Por último, en el Paraguay, los estudios coinciden en destacar como hecho histórico significativo el Marzo Paraguayo de 1999.8 Las características particulares de esta movilización marcan la impronta de los estudios de juventud en dicho país, preocupados por analizar el proceso de democratización junto a otras temáticas tradicionales vinculadas a los problemas de empleo, educación y salud (Caputo, 2004). Asimismo, la clave distintiva en Paraguay es la importancia de los trabajos sobre la juventud rural, prácticamente un área invisibilizada en los otros países que componen el MERCOSUR (Caputo, 1994; Rubín, 1999). Por su parte, en lo referido a la participación política hallamos trabajos sobre el movimiento estudiantil (Torres y Sánchez, 1990; López y Domecq, 2000); la participación de jóvenes en agrupaciones barriales, gremios, organizaciones juveniles urbanas y partidos políticos (Benítez, 2005); sus percepciones y orientaciones políticas ante la transición política (Caputo, 1997) o sobre las nuevas y viejas demandas de los grupos juveniles de dos agrupaciones, la FENAES (Federación Nacional de Estudiantes Secundarios) y la ASAGRA, de la juventud campesina (Caputo, 2005).

En definitiva, el breve itinerario recorrido permite observar la preeminencia de algunas claves de análisis por sobre otras en los estudios sobre juventud de cada uno de los países considerados, temáticas que, por lo general, poseen vasos comunicantes con las problemáticas sociales más extendidas en dichas sociedades. Esta articulación entre la definición de problemas sociales y problemas de investigación nos lleva a destacar que, para el caso de los países del MERCOSUR, pareciera existir una amalgama entre la forma en que las sociedades definen sus problemas sociales y la elección de los temas de investigación.

Los reclamos de grupos de jóvenes en el nuevo escenario social

Como es sabido, la pregunta por la relación juventud-política dista de ser novedosa y se inscribe en una fecunda tradición de los estudios latinoamericanos sobre el tema. Sin embargo, el interrogante adquirió en el nuevo contexto otros matices.9 Tal como sostuvimos anteriormente, estas nuevas claves de lectura de la contemporaneidad juvenil impactaron notablemente en un conjunto de estudios que en la Argentina se interesaron en la exploración en sus prácticas políticas, cuestión que adquirió un lugar preponderante en las investigaciones.

Más allá de la descripción de una supuesta “nueva oleada” de participación política juvenil, aquí buscamos interrogarnos por las características que asumen sus acciones. De este modo, nuestro interés se focaliza en desentrañar las tramas políticas (Ollier, 2005) que articulan los modos de vinculación entre las generaciones, las normas, reglas y rituales, los límites y posibilidades tanto para reconocer la existencia de injusticias como para reclamar por su superación. Para decirlo en términos antropológicos, se examinan las configuraciones culturales, en particular uno de los elementos que las constituyen, las tramas simbólicas comunes que permiten a quienes disputan entenderse y enfrentarse (Grimson, 2011).

En las páginas que siguen mencionaremos algunas de las cuestiones que, a nuestro entender, deben ser parte de un programa de investigación que pretenda indagar en la relación entre juventud y política. Para ilustrar algunas de las situaciones apelaremos a los datos del trabajo de campo de dos investigaciones recientes del Área Educación de la Flacso,10 aunque también haremos mención a los hallazgos de otros trabajos.

Como punto de partida diremos que, en muchos casos, la sorpresa ante las prácticas políticas juveniles a la que se hizo referencia más arriba impide observar en dichas acciones elementos compartidos con otros grupos etarios o tradiciones políticas ciertamente reactualizadas pero no por ello no transmitidas (Kropff y Núñez, 2010). Aun así, es preciso reconocer que la conmoción que generó el fallecimiento del ex presidente Kirchner, como ocurrió antes con el funeral de Alfonsín y con la marcha reclamando justicia ante el asesinato de un joven militante político, otorgó visibilidad a las acciones juveniles y permitió constatar que, aun cuando el proceso civilizatorio implica un alto grado de reserva y aislamiento ante la muerte, las luchas políticas funcionan como válvula de escape para la expresión de las emociones (Elias, 2009).

Comenzaremos por el análisis de escenarios políticos donde es más marcada la yuxtaposición de elementos innovadores con aquellos arraigados en la cultura política argentina. El caso prototípico son las tomas de escuelas ocurridas en algunas localidades del país durante 2010. Las acciones políticas estudiantiles recurrieron a un repertorio heterogéneo de acciones , muchas de las cuales se encuentran instaladas como modos legítimos de protesta en el escenario político posterior a la crisis de 2001 –incluso antes, como el caso de las provincias de Neuquén, Río Negro o Salta–. Entre otras medidas, los estudiantes apelaron a la ocupación del espacio público mediante manifestaciones, cortes de calles, tomas de escuelas, pintadas, stencils e incorporaron el uso de las nuevas tecnologías –blogs, facebook, mensajes de textos para las convocatorias–, logrando así un impacto notable que atrajo la atención de los medios de comunicación.11

Un observador externo podría deducir que la toma de una escuela supone una medida extrema, decidida luego del fracaso de la utilización de otros repertorios. Sin embargo, las acciones, lejos de responder a modos espasmódicos de reacción, fueron parte de la existencia de una forma local de la política extendida en las escuelas, en tanto producción de una moral que sirve de materia prima para la estructuración de conflictos (Frederic, 2004).12 Las protestas estudiantiles muestran algunas diferencias en los modos de involucramiento político de las actuales generaciones con respecto a las anteriores. Probablemente la deslegitimación de la violencia sea su mayor contraste, aunque también es posible apreciar mutaciones en dos aspectos concatenados: por un lado cierto desplazamiento de la figura del ciudadano “cliente” propia de algunos fenómenos de los años noventa (Svampa, 2005) hacia la demanda de derechos; por otro, sus acciones resignifican la noción de seguridad y, a través de esta operación, instalan en la agenda de discusión otros temas que difieren de los significados más comunes vinculados a la ola de inseguridad delictiva o a la defensa contra los abusos policiales, como ocurrió en épocas pasadas (Núñez, 2010).

Asimismo, sus comportamientos políticos poseen también formas de actuación que presentan patrones que los vinculan con los rasgos más tradicionales de la cultura política argentina. Los actores involucrados, al posicionarse en dos campos considerados inamovibles, contribuyeron a organizar el conflicto en torno a la clásica distinción amigo-enemigo, retomando una lógica política que la denominada transición democrática había buscado superar. De este modo, los estudiantes actuaban de acuerdo con lo que Terán (2002) denominó un “pluralismo negativo e igualitarismo populista”, proceso por el cual todos hablan al mismo tiempo sin posibilidad de escuchar al otro, creando la ilusión de que los demás dicen lo mismo que ellos. Se conforma así una cultura política inclinada a formas de democracia preinstitucional que oscila entre la delegación de poderes en un líder carismático y la demanda de una participación que desconfía de toda idea de mediación representativa. En este sentido, tal como señaló O´Donnell (2004) unos años atrás, es posible encontrar en las acciones recientes la combinación de rasgos igualitaristas y autoritarios, lo que habla de las dificultades de la mayoría de los actores involucrados para pensar la alteridad.13

Esta cuestión nos lleva al segundo punto que quisiéramos señalar. En el caso de las tomas de escuelas, la producción de prácticas políticas otorgó a la presencia, al poner el cuerpo, tanta importancia como la utilización de otros mecanismos. Para su mejor comprensión, recurriremos a dos trabajos recientes que brindan nuevas posibilidades de análisis en torno a la participación política juvenil al reflexionar acerca del uso del cuerpo. Por un lado, en estas prácticas parecería tener lugar lo que Pablo Vommaro (2007) denomina política con el cuerpo o política de cuerpo presente, alejada de la representación y de la delegación de modo tal que anuda lo social y lo político, cuestionando implícitamente la distinción establecida por las lecturas más liberales y republicanas. Por otro lado, es necesario, junto a Laura Kropff (2007), discutir la práctica supuestamente alternativa de poner el cuerpo, para señalar que en realidad actualiza dimensiones épicas de concepciones hegemónicas en torno al sacrificio personal como práctica política de compromiso con el otro. La presencia, el poner el cuerpo, que aparecería como práctica novedosa, conjuga sentidos clásicos y novedosos, pero instala la “épica del sacrificio” como uno de los repertorios de acciones más legítimos –y más valorados– por los actores intervinientes, aunque ciertamente poco contribuye a interpelar a otros jóvenes que se muestran renuentes a participar siguiendo estas lógicas. La militancia no es vivida con alegría sino que posee connotaciones trágicas que involucran simbólicamente el sacrificio del cuerpo, imagen de heroicidad para los adultos, pero no siempre atractiva para quienes no inscriben sus narrativas identitarias en las provistas por las generaciones precedentes.

En tercer lugar, también como un eje que combina elementos nuevos y viejos –aunque tal vez sintetice aspectos más innovadores–, es preciso preguntarse por los distintos niveles de incidencia que tienen las diferentes instituciones en la formación política juvenil. Para decirlo más claramente, es necesario producir un desplazamiento analítico que permita captar los modos, espacios, formas a través de las cuales las personas jóvenes aprenden, redefinen y generan prácticas políticas y resignifican conceptos como los de participación y ciudadanía. Este abordaje entraña instalar otros interrogantes.

Siguiendo esta línea, podemos aventurar que el proceso de formación política se divide en distintas fases o etapas de la vida de las personas, incorporando nuevos aprendizajes y prácticas durante el contacto con distintas instituciones, –o esferas de la vida social, para decirlo en términos de Walzer (2004)–. Si se nos concede esta digresión, daremos un paso más para señalar que es preciso interrogarse por el impacto que cada una de ellas tiene en las representaciones y prácticas juveniles. De este modo, oteando el horizonte, observamos que los espacios –instituciones– centrales de la modernidad como la escuela, los partidos políticos, el mercado de trabajo y los sindicatos cuentan hoy con niveles de incidencia menores en la formación política juvenil. No nos abocaremos aquí a desentrañar la incidencia actual de cada uno de los nombrados o la importancia adquirida por otros como el espacio público o las producciones culturales. Tan solo quisiéramos explicitar la necesidad de dar cuenta de la distinta ponderación de cada espacio por el que transitan las personas jóvenes –en particular el espacio público– así como de pensarlos a partir de las posibilidades y límites para la agencia juvenil. Los jóvenes parecerían buscar involucrarse en el hacer a partir de situaciones concretas, donde pueden modificar algunos aspectos de su mundo más que modificar cuestiones macroestructurales. Y este comentario es válido aun ante el supuesto incremento de su visibilidad y participación militante en distintos proyectos políticos. Si bien precisamos de nuevas investigaciones, es plausible señalar la paradoja de la construcción de la juventud como valor o causa pública (Vázquez, 2013) y el incremento de la inclusión de candidatos jóvenes en lugares expectantes para cargos legislativos con la existencia de modos de participación juvenil en distintos espacios, dentro de los cuales ni son mayoría quienes participan ni en ese universo predominan los partidos políticos.14

Lo llamativo es que las investigaciones nos muestran que una institución tradicional como la familia cuenta con una ascendencia principal en la configuración política de los jóvenes, aspecto que otorga creciente centralidad no solo al estudio de las estéticas juveniles sino, principalmente, a la relación entre emociones y política, o entre afectos y política. Durante el trabajo de campo con estudiantes secundarios, la gran mayoría de los jóvenes que reconocieron participar activamente en distintas agrupaciones contaban con familiares que habían militado durante los setenta u ochenta o lo hacían en el momento de la entrevista.15 Esta cuestión también fue señalada por diversos trabajos que se ocuparon de dar cuenta del “familismo” existente en los organismos de derechos humanos, que estructuran su reclamo a partir de la filiación de sangre (Filc, 1997; Jelín, 2003). Durante las marchas por Cromagnon fueron también los familiares, más que los sobrevivientes, quienes ocuparon el centro de la movilización, logrando mayor visibilidad pública. Asimismo, los jóvenes que militan en partidos políticos y sindicatos no cuestionan esta jerarquización. En un trabajo desarrollado en la ciudad de Mar del Plata con jóvenes militantes de partidos políticos hallé que la familia aparecía como determinante en el momento de la toma de la decisión de participar políticamente. La madre que la acompaña a un partido político, el ejemplo del padre, la hermana o un tío con el que se formó la conciencia política son las figuras que actúan como referencia en el momento de decidir involucrarse de manera más activa.16

El “familismo” que parecería caracterizar a la militancia política en instancias tradicionales posee algunos elementos a considerar. Por un lado, la experiencia de participación de los familiares implica un aprendizaje político y un modelo a seguir y, de este modo, les posibilita inscribir su experiencia en una narrativa provista por otros cercanos. Ahora bien, por otro lado, si en los años sesenta y setenta la transmisión familiar del interés por la “política” redundaba en la confrontación generacional, hoy los hijos parecen querer parecerse a sus progenitores. De este modo, sus prácticas políticas parecen moldeadas de tal manera por las formas de pensar la vida política de sus familiares que cuentan con poco margen para imprimir sus marcas particulares.17

Finalmente, resta señalar cuáles son los rasgos más innovadores. A lo largo del trabajo de campo fue posible observar que, en parte debido a las transformaciones culturales que acontecen en paralelo, el lenguaje de los derechos circula de manera más extendida en distintos ámbitos, lo que permite que algunos jóvenes apelen a él y, a la vez, organiza nuevas jerarquías sobre las que es necesario seguir explorando. Esto nos enfrenta a varias cuestiones concatenadas. Por un lado, tal como describe Smulovitz (2008), es posible constatar la presencia de un número considerable de organizaciones de la sociedad civil que en los últimos años viraron en sus objetivos, pero que se caracterizan por la posibilidad del reclamo y del ejercicio de derechos. Su trabajo da cuenta de que durante los últimos años se sucedieron los reclamos de justicia como consecuencia de la denominada masacre de Ingeniero Budge, las marchas por el caso María Soledad o Carrasco hasta la incorporación de la metodología del escrache como denuncia por parte de HIJOS o las movilizaciones luego de los hechos ocurridos en Cromagnon, el secuestro de Axel Blumberg y el accidente vial en Santa Fe que sufrieron alumnos del colegio ECOS; ejemplos que involucraron la participación de los jóvenes –aunque es un aspecto en el que la autora no ahonda– tanto por su rol de víctimas como por su protagonismo en las marchas que se desencadenaron.

Por otra parte, es preciso desentrañar la actual coyuntura política. Atravesamos una suerte de “clima de época” –que algunos insisten en atribuir a la experiencia kirchnerista, mientras que otros hacen hincapié en la tarea de diversos colectivos– que instala temas de agenda novedosos: la ley de servicios audiovisuales, el matrimonio igualitario, la asignación universal por hijo, la despenalización de la tenencia de marihuana para el consumo personal, las luchas por el derecho al aborto, la extensión de la educación sexual en el sistema educativo, la disputa con algunas corporaciones, el incremento del presupuesto científico, la continuidad de los juicios a represores o la contaminación ambiental y la ecología, entre otros. No es este el lugar para establecer cuánto corresponde a la experiencia kirchnerista, pero sí cabe destacar que existe una agenda moderna, que, si bien coquetea con identificaciones de raigambre nacional y popular, es liberal –si utilizamos la acepción del término que enfatiza en la preocupación por la expansión de la garantía de derechos–, interpela a jóvenes de clases medias, trabajadores sindicalizados y participantes en organizaciones de diverso tipo, incluso a contrapelo de los sectores más conservadores de los distintos movimientos partidarios. Tal como muestra Pereyra (2016) en su análisis de la protesta social en la década del 2000, los conflictos también se organizan a partir de una lógica que vincula individuación y lenguaje de derechos.

En quinto lugar, quisiéramos enfatizar, como una cuestión sobre la que es necesario continuar explorando, que en el caso de los grupos juveniles pareceríamos encontrarnos con una suerte de adscripción tangencial a diversas posturas. Los lazos tienden a estrecharse, se refuerzan los vínculos con lo cercano a la vez que se dificulta la construcción de un colectivo mayor. Los jóvenes, más allá de que puedan referenciarse con figuras políticas de alta exposición, parecerían identificarse con su grupo de militancia más cercano y desde allí construir la identificación con otros. Aun así la confianza se reduce a dicho círculo de pertenencia para el cual parecerían regir criterios morales particulares, que no se vinculan con los de otros grupos o con los promovidos por las diversas instituciones. Sin embargo, estas grupalidades, lejos de ser de una vez y para siempre, se caracterizan más bien por su inestabilidad. Antes que con identidades de largo plazo nos encontramos con una superpoblación de grupalidades inestables, que anudan de diferentes modos a los jóvenes, pero cuya temporalidad se rige por el corto plazo.

Esta cuestión remite a dos procesos que ocurren en simultáneo, que implican algunas mutaciones en la forma en la cual las juventudes se vinculan con la vida política. La primera, para la cual aún no contamos con el necesario soporte empírico, es que nos encontramos en un desplazamiento de prácticas políticas que pasaban fundamentalmente por “poner el cuerpo” –en las marchas predominaban rostros masculinos, adustos, sufridos– hacia una mayor visibilidad de las mujeres en ámbitos partidarios, de gestión y cargos electivos, de grupos LGBTI, de activistas que pueden participar de diferentes acciones y reclamos sin construir un lazo de identificación permanente con estructuras partidarias o de grupos juveniles que adscriben a algún tipo de agrupación sin por eso afiliarse ni participar activamente de dinámicas partidarias. Este tipo de agrupaciones también permite a sus integrantes sentirse identificados con ellas, sin adherir al movimiento que las contiene.

Ahora bien, la paradoja de este fenómeno, que enfrentamos quienes realizamos investigaciones sobre participación de la juventud, es que aglutina a una parte minoritaria –aunque con alta visibilidad– de la población juvenil. Este mayor involucramiento político o la activación de sensibilidades políticas latentes tiene pocos puntos en común con la experiencia de otros jóvenes, para quienes la política sigue pasando por otra parte, a veces canalizándose a través de otros modos de participación –adscribiendo incluso a identidades que los seducen desde un discurso “antipolítico”, a la vez que se presentan como la “nueva política”–. Paradójicamente, la alta participación de unos jóvenes no interpela generacionalmente a otros jóvenes. La presentación de los “militantes” como parte de “otra juventud” poco contribuye a establecer vasos comunicantes al reproducir el discurso adultocéntrico que caracteriza a parte de los jóvenes como apáticos y descreídos.18

Finalmente, también como interrogante a futuro, permítasenos señalar que pareceríamos transitar de movilizaciones políticas que se efectuaban contra el Estado a otras en las que se lo representa como instancia que puede asegurar la posibilidad de transformación social. Este cambio es notable no solo en las juventudes políticas de mayor presencia en la actualidad, que buscan acceder a puestos en la burocracia estatal como forma de promover cambios, sino también en grupos de jóvenes que no construyen su narrativa en oposición a este. La juventud parecería ser hoy un atributo positivo que permite a quienes se presentan como jóvenes acceder a posiciones de poder. Parece menos claro que implique necesariamente que se incorporen a la agenda política las demandas del heterogéneo colectivo juvenil. Aun así, coincidimos con lo planteado por Vázquez y Vommaro (2008: 37), quienes señalan que es posible observar una paulatina, pero fuerte, reactivación del protagonismo juvenil que presenta algunas diferencias con lo que ocurría en la década anterior y que ya tiene lugar una suerte de “retorno a las vías de la política institucional”. Si sumamos aquí la constatación de la existencia, al menos para los grandes centros urbanos, de un entramado de organizaciones juveniles que son expresión de la presencia de una diversidad y heterogeneidad de espacios e intereses (Beretta, Laredo y Trincheri, 2013), podemos intuir algunas mutaciones en los significados actuales del “hacer política”. Así como durante la década del noventa cobró preponderancia la figura del militante social (Frederic, 2004), el emblema recurrente en el ciclo 2008-2015 es el “militante a secas”. Esta estampa, aún de contornos imprecisos, tiene su costado atractivo aunque posee, al menos, algunos interrogantes inquietantes: cómo se vinculan los “militantes” con quienes no lo son, el opacamiento de otras figuras de ciudadanía emergentes más vinculadas a relaciones afectivas, búsquedas de mediaciones o activistas y qué ocurre cuando las instituciones y servicios de inclusión y protección social y las redes que integran a sujetos diversos a una trama común se piensan como solo factibles de ser plasmados por los militantes.

Conclusiones

El estudio de la relación entre juventud y política exige desmontar varios supuestos para poner en cuestión los parámetros utilizados por muchos adultos para conceptualizar la vida política. La relación con la política y lo político es más fugaz, inestable, plagada de incertidumbres. Sus comportamientos alternan muchas veces actitudes violentas e intolerantes con otras solidarias e igualitarias. Las personas jóvenes aprenden y practican la política un poco a tientas, lejos de los referentes de certidumbre con los que creían contar los colectivos políticos juveniles de antaño.

Durante muchos años la pregunta sobre la identidad se construía en torno a la indagación acerca de quién era uno. A partir de la identificación con determinadas ideas políticas, el lugar de nacimiento y de residencia, la clase, el sexo, el trabajo, el nivel de estudios alcanzado se construía una identidad que nos presentaba ante los demás. En la política la construcción identitaria refería al vínculo con los partidos políticos, los centros de estudiantes o los sindicatos como expresiones de las distintas posturas presentes en una sociedad. Esto posibilitó a varias generaciones –quizá la juventud argentina de los setenta fuera uno de los mayores exponentes de esta tendencia– formar parte de un proyecto en el que lo colectivo eclipsaba a lo individual y en el que se reconfiguraban las fronteras entre lo público y lo privado. El ser parte de una organización colectiva permitía sentirse seguro, acompañado por otros con similares ideales, contar con una respuesta para cada duda; en definitiva, asirse a certezas gracias a la existencia de un metarrelato estructurante de la vida de las personas.

Los rasgos de época merecen ser pensados a partir de la inclusión de otra pregunta, para referir más bien al estudio de los espacios donde los sujetos pueden desplegar su identidad, de allí la importancia del interrogante acerca de ¿dónde soy? La elección de este tipo de abordaje implica cambiar el lente de observación para preguntarse menos quiénes son estos jóvenes y más por las producciones de las personas en lugares para convertirlos en espacios –siguiendo la terminología de De Certeau– para así analizar, siguiendo lo planteado por Petrovic y Ballard (2005), su socialización política en los territorios por donde los jóvenes circulan y las prácticas juveniles que son las que hacen posible ser y estar, encontrarse con otros, tornarse visible ante los demás.

El desafío es, pues, cómo pensar una construcción ciudadana que, de manera simultánea, se piense con los jóvenes y desde ellos. La constatación del “familismo” nos muestra dos paradojas: por una parte, algunos jóvenes no discuten el poder de los adultos sino que muchas veces reproducen los discursos que estos quieren escuchar; por otra, a veces hallamos una distancia entre la participación política que se dice promover y la democratización de los espacios de un modo que pone en cuestión la concentración de las decisiones. Quizá parte de la respuesta se encuentre en buscar cauces para dar voz a los que no la tienen, para prestar atención a otros indicios, a las marcas en los márgenes, y no solo a los modos llamativos y/o festivos de ser joven.

Aún es prematuro señalar si estas mutaciones se instalarán como aspectos que modifiquen la cultura política del país; dependerá de si estas agrupaciones logran efectivamente acceder a posiciones de decisión, preservar cierta autonomía, incorporar otros modos de definir –y de resolver– los problemas de los jóvenes y, fundamentalmente, impulsar una agenda que contemple la heterogeneidad de mundos juveniles a fin de promover espacios de discusión e incentivar la pluralidad de voces. Solo así sabremos si la “oleada de participación política” logra solidificar espacios institucionales que impliquen la posibilidad de alterar sus trayectorias o pasará, efímeramente, como parte de sectores que la impulsaron sin reconocer la diversidad de demandas del colectivo. ◙

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Grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas: ejemplos de Argentina y Brasil.
Beatriz Cuenya

Este trabajo parte de un interrogante presente en el debate latinoamericano en torno a los grandes proyectos: ¿implican estos una subvención al capital inmobiliario, a empresas privadas y a consumidores ricos, a expensas de recursos o patrimonio públicos; o bien el sector público puede capturar las plusvalías urbanas para redistribuirlas socialmente? Para avanzar una respuesta, primero se define el alcance conceptual de los grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas. Luego se presentan algunos ejemplos de Argentina y Brasil, indicativos de tres estrategias de gestión por parte de los gobiernos locales: una regresiva, según la cual los nuevos entornos se financian a costa de recursos y patrimonio públicos; otra más redistributiva, que permite subsidiar a las zonas más pobres con los recursos generados en las zonas de redesarrollo, y una tercera más bien neutra que supone que el redesarrollo se autofinancia con recursos generados por los propios inversores privados y consumidores ricos.

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GLOBALIZACIÓN Y CAMBIO EN EL SUR DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES.
Hilda María Herzer

Este artículo examina la vinculación entre globalización, territorio y ciudad, focalizando el análisis en un aspecto de ese proceso que comienza a darse con cierto ímpetu en la ciudad de Buenos Aires desde fines de la década de 1990 hasta el presente. Se trata del proceso de gentrificación que en estos años se ha desarrollado en distintos barrios. Se hace hincapié en el proceso que, desde la década de 1990, tiene lugar en la zona sur de la ciudad.

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La cuestión de la vivienda en el Área
Metropolitana de Buenos Aires (2003-2008).
María Cristina Cravino

Este trabajo parte de un interrogante presente en el debate latinoamericano en torno a los grandes proyectos: ¿implican estos una subvención al capital inmobiliario, a empresas privadas y a consumidores ricos, a expensas de recursos o patrimonio públicos; o bien el sector público puede capturar las plusvalías urbanas para redistribuirlas socialmente? Para avanzar una respuesta, primero se define el alcance conceptual de los grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas. Luego se presentan algunos ejemplos de Argentina y Brasil, indicativos de tres estrategias de gestión por parte de los gobiernos locales: una regresiva, según la cual los nuevos entornos se financian a costa de recursos y patrimonio públicos; otra más redistributiva, que permite subsidiar a las zonas más pobres con los recursos generados en las zonas de redesarrollo, y una tercera más bien neutra que supone que el redesarrollo se autofinancia con recursos generados por los propios inversores privados y consumidores ricos.

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La juventud en plural: desigualdades, temporalidades e intersecciones.
Ramiro Segura

En este texto de presentación del dosier se plantean los ejes que se desplegaron en la mesa de un seminario en la que participaron especialistas en la investigación sobre juventudes con miras a establecer y profundizar el diálogo y el intercambio a escala regional sobre la temática, no solo en lo relativo a los desarrollos estrictamente académicos, sino también en lo que respecta tanto a las formas en que la investigación sobre juventudes desde las ciencias sociales se vincula actualmente con las políticas públicas como a los desafíos que la investigación social y la política pública sobre juventudes en la región tendrán en el futuro.

Se da cuenta de las miradas convergentes sobre el campo de estudio en juventudes y de las claves de lectura de los especialistas para reconocer la juventud en plural. En esta introducción se destaca cómo la desigualdad, las temporalidades y las intersecciones se constituyen en vectores analíticos desde los cuales se desagregan las juventudes como objeto de estudio.

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Jóvenes entre el centro y la periferia de la ciudad, del Estado y de la academia.
Mariana Chaves

En este escrito se analizan someramente tres campos de producción de lo social desde la perspectiva de la dinámica centro-periferia. Estas categorías tienen cierto potencial creativo para pensar las relaciones de producción del espacio social, pero, además de la ayuda para espacializar relaciones entre diferentes potenciales de poder, estas nociones nos habilitan para estudiar el punto de vista del actor o la visión de mundo. Se trata de conocer quién o quiénes deciden nombrar y logran colocar algo como centro y otra cosa como periferia. Ofrezco como respuesta simplificada anticipada que es desde el lugar donde está posicionado el sujeto, desde donde ve y nombra el mundo. Con esta hipótesis buscaremos pistas para entender el juego de la producción social de: 1) la juventud urbana; 2) las políticas públicas y sociales, que “tocan” a los jóvenes, y fi nalmente; 3) la producción científica sobre juventudes.

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Sensibilidades, derechos y participación juvenil en el escenario político
Itinerarios de investigación y agendas de discusión.
Pedro Núñez

Este artículo aborda la discusión acerca de las formas de participación política juvenil en el periodo entre 2008 y el ciclo político que termina con las elecciones presidenciales de 2015 en la Argentina, aunque se realiza el ejercicio de pensar qué dinámicas adquirieron estos fenómenos en países vecinos. La intención es proponer algunas claves y ejes a considerar como parte de un programa de investigación en la relación entre juventud y política. Para ello se analizan diferentes aspectos de las prácticas políticas juveniles, señalando aquellas cuestiones innovadoras en las formas de militancia como las que replican modos más tradicionales de involucramiento político.

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Investigaciones sobre juventud en Brasil: género y diversidad.
Wivian Weller

El artículo recorre las formas y los momentos de la investigación sobre la juventud en Brasil desde el análisis del movimiento estudiantil durante la década de 1960 hasta los años 2000, cuando comenzaron a diversifi carse los estudios al introducir las dimensiones de género, sexualidad, raza y etnia, entre otras dimensiones de la diferencia y la desigualdad, para llegar a la inquietud en el presente sobre cómo superar cierta difi cultad de articulación de diferentes categorías de análisis en un análisis interseccional de la juventud.

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Distancias cercanas y diferencias encontradas en la Ciudad de Buenos Aires. El caso de los adultos y las adultas que viven en las calles. 1997-2011.
Martín Boy

En este artículo se trabajará sobre las limitaciones que se encuentran en el campo de la Sociología Urbana para pensar el encuentro de otredades de clase que reactualizan procesos de desigualdad social. Mucho se ha escrito sobre el proceso de segregación residencial que atravesó a la Ciudad de Buenos Aires desde la profundización del neoliberalismo en la década de 1990 pero poco se dice sobre cómo la crisis social, política y económica modificó el paisaje urbano y cómo diferentes grupos de pobres reocuparon áreas centrales de la ciudad para desarrollar en el espacio urbano estrategias de supervivencia. De esta forma, se intentará reproblematizar cómo los pobres también construyen usos y significaciones de un mismo espacio céntrico.

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Hacia un enfoque relacional del bienestar
Elementos para el diagnóstico y la orientación de políticas públicas
Rolando Cristao

En el presente trabajo se analiza críticamente el enfoque de pobreza y se propone el enfoque de los activos y estructura de oportunidades como herramienta para el diagnóstico social. A partir de este desarrollo, se discute en qué medida el concepto de desigualdad podría actuar como organizador del análisis de la situación social.

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Programas sociales y personas en situación de calle en la ciudad de Buenos Aires
Un mapa conceptual de las intervenciones
Andrea Bascialla

El presente trabajo presenta un análisis resumido de las políticas sociales generadas por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para personas en situación de calle. A partir de la sistematización de la información ofi cial disponible, se confeccionó un cuadro de los programas y se señalaron los conceptos más sobresalientes en relación a: i. qué ejes de la vida en la calle se recortan como problema social a solucionar; ii. qué responsabilidades atañen a cada actor social en estas soluciones y iii. qué aspectos de los grupos poblacionales se delimitan con determinadas categorías (edad, género, etc.). Se consideró el eje temporal para contextualizar las categorizaciones y esquemas de intervención. El análisis incluyó, además, los aportes teóricos vigentes sobre el tema para entender que la focalización en la falta de vivienda y la invisibilización de las causas estructurales impiden soluciones de largo alcance.