Número 1 - Primer semestre 2017

Dosier 2 - Sobre juventudes: problemas, debates y políticas

Jóvenes entre el centro y la periferia de la ciudad, del Estado y de la academia

  • Mariana Chaves

    Antropóloga. Investigadora CONICET. Facultad de Trabajo Social, UNLP. Profesora UNTREF. E-mail: mchaves@untref.edu.ar

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    Referencia electrónica
    Chaves, Mariana (2017). Jóvenes entre el centro y la periferia de la ciudad, del Estado y de la academia. Ciudadanías. Revista de Políticas Sociales Urbanas N°1. Primer semestre 2017, pp. 71-96 [En línea]. Consultada el: 25-04-2018
    URL: http://untref.edu.ar/sitios/ciudadanias/n1_dossier2_art2.php
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Resumen

En este escrito se analizan someramente tres campos de producción de lo social desde la perspectiva de la dinámica centro-periferia. Estas categorías tienen cierto potencial creativo para pensar las relaciones de producción del espacio social, pero, además de la ayuda para espacializar relaciones entre diferentes potenciales de poder, estas nociones nos habilitan para estudiar el punto de vista del actor o la visión de mundo. Se trata de conocer quién o quiénes deciden nombrar y logran colocar algo como centro y otra cosa como periferia. Ofrezco como respuesta simplificada anticipada que es desde el lugar donde está posicionado el sujeto, desde donde ve y nombra el mundo. Con esta hipótesis buscaremos pistas para entender el juego de la producción social de: 1) la juventud urbana; 2) las políticas públicas y sociales, que “tocan” a los jóvenes, y fi nalmente; 3) la producción científica sobre juventudes.

Introducción

En este escrito se analizan someramente tres campos de producción de lo social desde la perspectiva de la dinámica centro-periferia. Estas categorías tienen cierto potencial creativo para pensar las relaciones de producción del espacio social, pero, además de la ayuda para espacializar relaciones entre diferentes potenciales de poder, estas nociones nos habilitan para estudiar el punto de vista del actor, diría Menéndez (2010), o la visión de mundo, según Weller y retomando a Mannheim (Weller, 2004, 2005). Se trata de conocer quién o quiénes deciden nombrar y logran colocar algo como centro y otra cosa como periferia. Ofrezco como respuesta simplificada anticipada que es desde el lugar donde está posicionado el sujeto, desde donde ve y nombra el mundo.

Con esta hipótesis buscaremos pistas para entender el juego de la producción social de: 1) la juventud urbana, 2) las políticas públicas y sociales, que “tocan” a los jóvenes, y finalmente, 3) la producción científica sobre juventudes. Me interesaba en este contexto de páginas sobre políticas sociales urbanas traer el relato no solo de la producción de la juventud, y en particular de un tipo de jóvenes, sino además algunos indicios sobre el frágil impacto de algunas políticas públicas y sociales y la débil incidencia de la producción académica acerca de la temática.

La relación centro-periferia no trata de un adentro y un afuera, sino de una tensión y disputa histórica que ha dado como resultado la producción de una diferencia llamada centro y periferia, pero que son siempre parte de un todo. Dicho de otra manera, las diferencias no son un a priori, sino las categorías resultantes de la relación desigual de potenciales de poder que se ponen en juego.

Producción de la juventud urbana: jóvenes entre el centro y la periferia de la ciudad

Podríamos decir que en una veta conservadora de la sociedad se siguen construyendo dicotómicamente dos grandes tipos de representaciones sobre jóvenes. Por un lado, la imagen del joven integrado, con una representación de moratoria social ligada a las experiencias de vida de clase alta y media alta. Y, en el caso de nuestro país, también de lo que algunos llaman la “clase media media”, sostenido en el ideario casi mítico de inclusión de la movilidad social ascendente. El sentido de pertenencia que daba, en un momento de nuestra historia, la inclusión de grandes sectores de la población (a través del puesto de trabajo y la condición de trabajador) a los derechos sociales. Ahí tenemos una imagen en la que se inscriben muchas experiencias juveniles, pero sobre todo funciona como el parámetro a partir del cual se evalúan, muchas veces en términos morales, las prácticas y las experiencias de los jóvenes. Y, por otro lado entonces, la representación del joven “excluido”, ya sea como joven peligroso o joven víctima. En general ligado a las experiencias de vida de sectores de clases bajas (Chaves, 2010).

Si graficamos en el espacio estas representaciones se ve a grandes rasgos una superposición con las tipologías sociourbanas de barrios de clase alta, de clase media y de clase baja. Y en más detalle se superponen con los mapas de los miedos, los prestigios y los estigmas urbanos (Rotker, 2000; y, para la ciudad de La Plata: Chaves, 2000; Segura, 2005).

Antes de seguir, una aclaración (prefiero pasar por obvia antes que dejar alguna duda): la periferia no es sinónimo de pobreza. La advertencia es para aquellos que toman periferia como sinónimo de “vivir afuera del centro” (dejo para más adelante los comentarios sobre quién decide qué se nombra como centro o periferia). La conformación social de la periferia urbana va a depender de cuál es, cuándo, cómo, dónde y por qué se produce el proceso de suburbanización. Por ejemplo, el proceso de suburbanización del conurbano bonaerense primero ubicó a las clases trabajadoras en las periferias de la ciudad de Buenos Aires, formando sucesivamente como cordones el área metropolitana de Buenos Aires (AMBA), y luego empujó al lado de ellos, como vecinos, si bien no necesariamente viviendo en comunidad, a los sectores de altos ingresos, provocando así un tejido suburbano donde son lindantes enclaves de pobreza y de riqueza.

El espacio urbano donde realizo el trabajo de campo que da soporte a estas reflexiones es la región de La Plata. Posee características de suburbanización periférica de los trabajadores en una primera instancia pero la continuidad de ese proceso de ocupación no ha sido homogénea. No forma “periferia pobre” en todo lo circundante al casco urbano fundacional sino que toma valencias de clase distintas según se va hacia el noreste, en la línea de acceso y contacto con la ciudad de Buenos Aires, donde hay mayor riqueza, y hacia el sur y oeste, con mayor pobreza. Está claro que esto es una generalización a grandes trazos, ya que hacia la zona norte también hay habitantes en condiciones de pobreza, pero, así y todo, las condiciones de vida de los vecinos de cada zona, el desarrollo de la infraestructura urbana y, muy claramente, el valor de la tierra y las propiedades, habilitan estas caracterizaciones. Hecha la aclaración en relación a la conformación de la periferia, vuelvo al hilo de la exposición.

Había enumerando dos representaciones vigentes sobre los jóvenes en Argentina, dos imágenes que sustentan prácticas e intervenciones, que producen juventud. Somos varios los investigadores en América Latina que abordamos la condición juvenil desde la perspectiva de su construcción social y cultural (entre otros Reguillo, 2001; Duarte Kuper, 2000; Borelli & Freire, 2008; Kropff, 2011), nuevamente, no como un a priori, sino como una condición a explicar según la trama social y cultural que la fabrica y que, por lo tanto, genera a los sujetos que llamaremos jóvenes. Como bien propone Feixa (2008) a través del estudio de las condiciones sociales y las imágenes culturales, podremos interpretar cómo se han constituido estos sujetos y sus formas colectivas. Nos interesa la experiencia particular del grupo de edad y las formas en que se les propone vivir el grado de edad.1 Por ello haré hincapié en la noción de producir al sujeto (Bourdieu, 1990; Criado, 1998) en contextos sociourbanos singulares, vinculados a un Estado que los interpela de una determinada manera y con una academia que los interroga también con objetivos particulares y desde perspectivas particulares.

Actualmente estoy produciendo conocimiento con chicos y chicas que viven en condiciones de pobreza. Jóvenes que pertenecen a familias con trayectorias de sector de clase en parte ascendentes, por ejemplo, pasar de alquilar una casilla a toma de tierras y casa propia; y con una inestabilidad en el empleo que produce descensos aún mayores del nivel en que se vive llegando a condiciones de indigencia en algunos momentos del año o de la vida. En general son miembros de familias con migraciones nacionales y/o internacionales en sus trayectorias. Son pibes y pibas que van a escuelas “periféricas” o no van a la escuela, cuyas casas están en la “periferia” y para quienes la mayor parte de su tiempo y sus circuitos de sociabilidad transcurren en esa “periferia”. Que, por supuesto, ellos no llaman así. Esa es una denominación colocada por los analistas, por el sistema educativo, por el sistema de salud, por vecinos del “centro”. Ellos dicen “barrio”, sin más adjetivos, o le dan personalidad con un artículo “el barrio”, o con un posesivo “mi barrio”. Pero también, como le explicó Marcelo –uno de los chicos– a una colega mientras paseaban por el centro de la ciudad: “Nosotros allá le decimos ´el barrio´, pero sabemos que ustedes acá le dicen ´la villa´” (Buktenika, 2011). Esos son puntos de vista. Posiciones desde las que se interpreta el mundo.

De la investigación más amplia me interesan varios aspectos, pero en esta sección quiero tratar uno de ellos: cómo el relato biográfico se inscribe al mismo tiempo en la estructura etaria y en la estructura urbana. La trayectoria de vida se va enlazando no solo con hitos temporales (de chico, grande, tantos años, tal año) e institucionales (la familia, la escuela, el trabajo), sino también con marcas territoriales:

de chico no salía del barrio

la primera vez que crucé la 72 fue para ver al lobo: me escapé

empecé a ir al centro para trabajar, cuando tenía 13

empezamos a ir al centro los fines de semana para conocer mujeres

La vereda, la cuadra, el barrio, la ciudad se convierten en los límites que, al ser traspasados, se organiza el relato de la vida o parte de ella. A medida que se crece, en la mayoría de los casos se amplían los espacios transitados y a conocer. En ese irse más lejos se construye autonomía y se expanden no solo los circuitos de uso, sino también las representaciones sobre la ciudad, el centro y el barrio. Esa expansión del horizonte de lo transitable construye al mismo tiempo la noción de “mi barrio”. Es en el encuentro con “lo otro” que se vislumbra la diferencia con “lo propio”. Esa estructura narrativa clarifica para el investigador el punto de vista desde el que la persona se explica la vida en ese momento.

El centro de la narración es “el barrio”, aquello que otros denominan “la periferia”. Y desde ese lugar material y simbólico se describe el tránsito hacia otros espacios sociourbanos y se caracterizan las diferencias de edad, clase, género y nacionalidad. En este último caso se observa que las nominaciones sobre nacionalidad son construidas a partir de diacríticos raciales y términos morales. Esta articulación produce la nacionalidad como categoría discriminatoria. Por ejemplo, “paraguayo” funciona como insulto en algunas situaciones de uso en este contexto sociourbano.

A partir de las caracterizaciones que emergen en el discurso de chicos y chicas podemos realizar lecturas más estructurales que visibilizan los lugares de inscripción del sujeto. La ciudad es vivida desde el barrio. El territorio funciona como anclaje identitario desde el cual en parte se mira e interpreta el mundo. Este es el sentido de la noción de visión de mundo utilizada por Mannheim (1987, 1993) y Weller en estudios en San Pablo (2004) y por Grassi (1996) en un estudio de villas miseria en Buenos Aires, entre otros.

El análisis de las dinámicas centro-periferia de la estructura del relato biográfico obtenidas en las entrevistas, en vínculo con la dinámica centro-periferia urbana dominante, me permite identificar las posiciones de los sujetos en el espacio social, los movimientos y contactos que realiza o tiene la persona –en la ciudad y en el espacio social– y las conceptualizaciones que hacen sobre estos.

El estudio del relato biográfico de estas personas más chicas deja ver que en las relaciones de poder en las que están inmersos ocupan generalmente la posición de subordinación. En casi todos los circuitos e instituciones donde ellos se inscriben y participan –en casi todos, no en todos–, se repite su lugar como posición de subordinación. Sea en la relación joven-adulto, sea en la relación centro-suburbio, en la relación inclusión-exclusión, dentro de la escuela el estudiante-profesor, o en la relación con la otra agencia estatal de fuerte presencia en el barrio, las fuerzas de seguridad en la relación pibe de barrio pobre-policía (aquí también, pero, desde el punto de vista policial, el sujeto a perseguir y reprimir se construye a partir de diacríticos de edad, raciales y estilísticos). Hay algunos grupos familiares que claramente reproducen a su interior también relaciones de subordinación.

Las relaciones de complicidad, categoría que utilizo para nombrar el tipo de relación de poder de paridad entre los sujetos (Chaui, 1998), suceden entre pares y responden al tipo de relación del grupo de amigos y de algunos contextos familiares. Puede suceder que en alguna situación particular tomen la forma de relación de subordinación, pero en el marco general de pertenencia grupal se cuenta con el otro como un par. “El otro está ahí para estar conmigo, y yo con él”: esta sería la argamasa del conjunto. Los une una lealtad que no es solo entre dos individuos en reciprocidad sino que el conjunto social deviene en una especie de tercera persona colectiva con la cual ambos también son leales.

¿Y en qué lugares ellos y ellas inscriben sus deseos? Creo que la noción de inscripción de los deseos que estoy utilizando puede acoplarse en parte a la noción de “espacio social de experiencia conjuntiva” trabajada por Weller a partir de Mannheim (2004: 107 y 114). Esta experiencia de los sujetos en espacios y tiempos compartidos hace sentido de conjunto sociocultural para ellos y ellas en base a lógicas de sentido compartidas no solo del presente, sino de interpretaciones del pasado y proyecciones del futuro. Probablemente no todos los espacios de inscripción de los deseos se constituyan como experiencias conjuntivas. No son categorías sinónimas, pero ambas contribuyen a la interpretación de diferentes escalas, niveles, de agrupamientos juveniles y experiencias. Las experiencias conjuntivas se refieren a una instancia en la que se han inscripto deseos y se genera conjunto, no solo como grupo social sino que se construye colectivamente un sentido compartido del estar en el mundo. Pero muchas veces espacios de inscripción de deseo –por ejemplo, la escuela– no logran experiencia conjuntiva, lo cual no quiere decir que allí no tenga lugar una experiencia, sino que no son de este tipo. Como han demostrado varias investigaciones, la escuela siempre deja marcas en los chicos; pueden ser de autonomía o de reconfirmación de las subordinaciones múltiples en las que están insertos.2

Introduciré otro elemento para el análisis de estos espacios sociales centrales o periféricos para la vida de los jóvenes; se trata del sentimiento que a ellos les generan. El cómo se sienten al estar o al no estar en ellos según su punto de vista. La explicación sobre el sentir no es de fácil traducción a palabras de las ciencias sociales. La antropología de la salud, la antropología del cuerpo, de las emociones y de la música, entre otras especializaciones disciplinares, están intentando y consiguieron avanzar teórica y metodológicamente sobre este punto, en particular cuando se trata de estudios sobre el procesamiento sociocultural de los dolores, padecimientos y placeres. Pero parecería que la palabra humana tiene un límite para hablar de lo que le sucede a la persona en su multidimensionalidad histórica, subjetiva y sociocultural. De ahí que, por lo pronto, mantengo la categoría nativa que expresa en los relatos de los jóvenes las situaciones donde se sienten bien y aquellas otras en las que no.3

Nombro los primeros como espacios de sentimiento de inclusión y los otros como espacios de sentimiento de exclusión. La definición de cada uno, además de situacional, es individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida.4 Esta dimensión del sentir habilita, entre otras cosas, una complejidad mayor a los análisis realizados en el eje inclusión-exclusión y está en diálogo, en interpelación mutua, con lo que las fundamentaciones y la organización enuncien si ese fuera el contexto, o con lo que los líderes del espacio o los mismos pares interpreten. Lo afectivo, lo razonable o lo irrazonable, hecho palabra o sensación física, tiene un lugar en la persona y forma parte de los modos de “estar en el mundo”. Podemos hacer un esfuerzo por darle lugar también en nuestras interpretaciones de “segundo orden” (Geertz, 1987).

Hasta ahí la entrada a cómo podríamos analizar las vida de los pibes en relación a la tensión centro-periferia, saliendo de su uso exclusivo como relación de espacios urbanos y ampliando hacia los espacios sociales. Pero, además, desnaturalizando las categorías para orientarnos hacia el análisis de cuáles son los lugares para ellos centrales, que serán en muchos casos los espacios estigmatizados como periferia por el otro, y cuáles serían para ellos los lugares periféricos.

Producción de las políticas públicas y sociales: jóvenes entre el centro y la periferia del Estado

El segundo campo de producción mencionado es el de las políticas públicas y sociales que “tocan” a los jóvenes. Coloco “tocan” porque por ahora no encuentro una categoría certera para nombrar lo que sucede de forma general. Sucede que la mayoría de las políticas públicas y sociales que actúan sobre personas que son jóvenes no se llaman políticas de juventud, y en varios casos ni siquiera nombran a los jóvenes como sujeto de sus objetivos.

Generalmente porque la interpelación principal de esa política es por otra adscripción, por ejemplo: mujer, trabajador, saludable, enfermo, estudiante, vulnerable, rural. Cobrando así coherencia con la magnífica fragmentación que muchas políticas hacen de la vida de las personas, o porque ni siquiera se tiene en cuenta la estructura etaria de la sociedad y las formas particulares con que cada una de esas definiciones de beneficiario, sujeto de derecho, o la denominación que sea, interpela, impacta y/o incide en cada grupo y grado de edad. Pido permiso entonces para usar en este artículo “tocan” como noción abarcadora, que no dice algo específico sino justamente nombra la variabilidad y generalidad, y también trae las representaciones de lo efímero que suelen ser, casi como un “toco y me voy”, o un “tocala y pasala” del fútbol. Y también sabiendo que muchas otras políticas tocan y dejan marca, marcas de felicidad y alegría o marcas como cicatrices y estigmas, pero esto será objeto de análisis en otra escritura.

A modo de ejemplo, una de las políticas más grandes que toca a sujetos jóvenes son las políticas educativas, y no se enuncian a sí mismas como políticas de juventud. Las políticas que se enuncian a sí mismas como políticas de juventud son muy poquitas, muy focalizadas, en general con muy poco financiamiento. Esto es toda una problemática tanto de la construcción de políticas como de su estudio. Entonces, la pregunta “¿jóvenes en la periferia del Estado?” necesita varias respuestas.

En esta oportunidad estamos circunscriptos al sector social de jóvenes que viven en condiciones de pobreza, de ahí que la caracterización que ofreceré no es una generalización ni es generalizable para jóvenes de otras clases sociales ni para jóvenes en condiciones de pobreza en otro tiempo o lugar. Entonces, ¿cómo se da el vínculo entre el Estado –en sus múltiples escalas y presentaciones– y estos chicos de la región de La Plata en la finalización de la primera década del siglo XXI? Por un lado, aparecen como una centralidad en el discurso estatal, pero, por otro, por el lado de la implicancia y el impacto que están teniendo esas políticas públicas y sociales en sus vidas, están periféricos al Estado.

Esta aseveración hay que leerla, como toda valoración de distancias, en términos relativos a aquello que estamos tomando como parámetro de comparación. Explicito tres que he tomado en cuenta. Primero, cuando la centralidad o periferia como sujeto de la política es en función de cuánto y cómo incide en la mejora de las condiciones de vida de estas personas. De allí que enunciativamente son muchas veces centro, pero operativamente se convierten en periferia. Es en la micropolítica del desarrollo de los programas, planes y recursos que aparece y se reproduce la desigualdad, el dejar fuera o sentirse fuera, el obstaculizar el acceso o directamente la vulneración del derecho.

Un segundo parámetro de comparación es la ampliación del acceso discursivo y efectivo a derechos del resto de la población. Para el caso que nos ocupa de los jóvenes y la juventud, debemos analizar si ha sido del mismo impacto, mayor o menor y en qué sentido al de otros sectores sociales. En este sentido se observa una discrecionalidad hacia el grado y/o grupo de edad joven. Dos situaciones ejemplificarán este vínculo. Uno, las políticas de seguridad de carácter represivo –“preventivo”, según los que las diseñaron–, que criminalizan al grado de edad en general (la juventud), en particular un grupo de edad (jóvenes que habitan espacios sociourbanos segregados en la pobreza), y en singular según género (más hacia los varones). Dos, la política educativa de obligatoriedad de la escuela secundaria que afanosamente intenta incorporar al sistema de educación media a adolescentes y jóvenes es loable, pero casi no propone políticas inclusivas para otros grupos y grados de edad a ese nivel educativo, marcando de este modo también una inclusión discrecional del derecho a la educación.5

El tercer parámetro es la comparación histórica. En este punto no queda más que reconocer el incremento de las políticas públicas y sociales que “tocan” a los jóvenes. Para dimensionar esta expansión no hay que olvidar por lo menos tres elementos: 1) Leer las políticas para el sector en el marco del desarrollo de las políticas públicas y sociales en general, sea por ciclos de expansión y retroceso del Estado, y de modalidad universales, focalizadas o integrales; 2) Que el sector social se torna visible como demandante de políticas específicas durante varias décadas solo desde su adscripción como “estudiante”, sea secundario o universitario. Como sector juvenil, muy restringido al inicio, hay registros para el país desde mediados de la década de 1980; y 3) Que las políticas para/de/desde/contra/en juventud contribuyen a la generación del sector social jóvenes. Se trata de una interpelación del Estado que habilita y empuja –en algunos casos– la adscripción e identificación con la condición de joven, porque desde esa posición serán visibilizados y, en muchos casos, tomados en cuenta para la distribución de recursos o el diálogo político.

Aclarados algunos parámetros, veamos qué pasa al hacer un mapeo de los recursos de políticas públicas y sociales que existen en este barrio tanto representadas en instituciones (escuela, comisaría, centro de salud, entre otras) como en sujetos individuales (planes de transferencia directa de ingresos, programas de cooperativas, entre otras). Retomo a continuación escenarios del trabajo de campo, no estoy desarrollando ni un registro ni una tipología completa, en cada caso se pretende continuar con investigaciones más profundas, pero por ahora presento los avances para revisar y para contribuir a instalarlo como agenda de debate.

Para interpretar las situaciones observadas utilizaré el concepto de barreras de acceso según la aplicación de la noción que se desarrolla principalmente en los estudios de acceso a la salud (Tobar, 2002, 2008; Checa, 2003; Engelman, 2006; Robledo Hoecker, 2010), en menor grado en justicia (Casal y otros, 2005; IDL-DPFL, 2009) y muy escaso en educación (Villanueva, 2010; Krischesky, 2010), entre otros.

I. Barreras geográficas: inexistencia de recursos en el barrio (sin disponibilidad). Puedo dar cuenta de dos formas. Primero, la inaccesibilidad total dentro del límite barrial. Segundo, el recurso puede obtenerse si la persona se traslada por sus propios medios a la institución oferente por medio de transporte local. Para nuestro caso, se hallan en un radio de 5 km de distancia, todas dentro del casco urbano fundacional del partido. El servicio de transporte público desde el barrio hacia “el centro” es alto en relación al capital económico con el que se cuenta, pero sobre todo es de mala calidad por su demora, trayectos no directos e intermitencia. Ejemplos: ausencia de servicio de radiografías y ecografías en las salas de salud barriales (de dependencia municipal). Para acceder hay que asistir a servicios de mayor complejidad, que en la región son directamente de dependencia provincial en formato hospitales generales. La Plata, en parte por ser capital provincial, reúne en su casco fundacional hospitales especializados y de alta complejidad que reciben población derivada de toda la provincia. No hay instituciones públicas intermedias para este servicio.

II. Barreras institucionales, formales, socioculturales y económicas. En este punto indicaré aquellos recursos que están enunciados como derechos, que están presentes en el barrio (hay disponibilidad), pero cuya accesibilidad, aceptabilidad y utilización están obstaculizadas, lo que provoca profundización de la desigualdad y perpetuación de la vulneración de derechos.

1. Accesibilidad: del dicho al hecho hay mucho trecho

a) El vínculo y la discriminación como barrera o “tardaste mucho, mamita”

Inaccesibilidad por ausencia o diferencia en el capital simbólico específico que se necesita para actuar en el campo de la burocracia estatal. Puede ser capital escolar (analfabetos, analfabetización digital, matemática o burocrática), capital social (muchas de las tramitaciones se aceleran u ocurren si uno tiene una persona conocida en ese lugar, ante la ausencia de esa relación, el acceso se dificulta o se hace imposible) o capital simbólico. En este último caso me refiero al desprestigio, estigma y discriminación con que algunos trabajadores estatales se vinculan con el otro, apoderándose de su derecho y distribuyendo discrecional y discriminatoriamente la posibilidad o imposibilidad del acceso y cumplimiento efectivo. Se encuentra en la relación de trato con los chicos y sus familias una multiplicidad de términos que operan segregando y profundizando la desigualdad social: el desprecio hacia “los pobres”, “los negros”, “los villeros”, “los vagos”, “la pendeja”, “la mamita” son de una brutalidad que solo puede ser explicada si, partiendo de esa relación desigual, ubicamos a las personas en la historia y la estructura social más amplia, pero identificando las posibilidades –que siempre hay– de agencia de ambas partes de la relación.

La empleada del Estado que obstaculiza, se empodera en su mostrador, manejando sus formularios y sus claves de acceso al sistema, haciendo de esa posición un lugar clave para impedir y “hacer sentir” al otro que es menos o que se le está haciendo un favor, armando relaciones de desvalorización, humillando y/o generando una relación de clientelismo (donde en parte se juega la posibilidad de distinguirse del otro y construir su posición social). Pero ella o él no están solos, pertenecen a una escala jerárquica que los avala, acumulan un prestigio de clase letrada con firme creencia en el sistema meritocrático de “igualdad de oportunidades” y desconoce completamente, o no le interesa, el esfuerzo del otro para llegar a ese mostrador. En el otro extremo, el caso opuesto de instituciones y trabajadores estatales que dan la bienvenida y que intentan con todos los medios a su alcance achicar la brecha que los separa, más bien que separa al “beneficiario”, al “público”, al “paciente” del bien que “se merece” porque es su derecho.

La persona del barrio que nunca va cuando la convocan para avanzar en accesos a derechos de sus hijos, o que va salteado; y en otro extremo su vecina, que maneja un saber burocrático y un capital social enorme y consigue, mediante el caminar permanente, el pasilleo, la demanda constante y muchas veces el uso reproductivo, pero estratégico, de su “condición de beneficiario pobre”, para armarse de recursos que aseguren la sobrevivencia del grupo familiar. Estos son también dos extremos. En el medio de uno u otro hay muchísimas posibilidades.

b) Lo administrativo y económico como barrera o “tenés que traer todo esto y cuesta 25 pesos”

Se trata de las situaciones en las que “lo administrativo” se convierte en una cadena de imposibilidades, idas y vueltas, rebotes y rechazos que concluyen en un alejamiento del intento de acceso al derecho o en una obstaculización del aparato estatal fragmentario y quizás contradictorio o en una forma clara de enunciar sin poder cumplir. Algunas preguntas que movilizan esta reflexión son: ¿cómo se resuelven los pasos previos que el Estado solicita para hacer efectivo un derecho? ¿cómo hacer para que una agencia estatal no impida la efectivización del derecho que otra asegura? ¿cómo pensar políticas que se ocupen no solo de la enunciación de la posibilidad del acceso al bien, sino de asegurar –o más no sea tener en cuenta– las condiciones de posibilidad de acceso y las condiciones de sostenibilidad de su efectivización? No hay novedad en las preguntas que estoy haciendo tras el año de trabajo de campo si las comparo con las décadas de desarrollo de los estudios de las políticas públicas y sociales, pero considero que, por lo menos en la literatura revisada hasta el momento, es muy pequeña la producción o hay una invisibilización de lo que esta cuestión implica.

Presento algunas situaciones. Estábamos varios colegas de investigación y yo en una reunión con efectores de políticas públicas y yo comentaba como ejemplo la sumatoria de trabas que atravesamos acompañando a una familia para la inscripción tardía de dos personas pequeñas (9 y 11 años) y, luego de haberlo logrado, tras diez meses de idas y vueltas, sabemos que tardará en resolverse aproximadamente un año. Uno de los presentes en la reunión enfrenta a mi descripción –pequeña, ínfima en números poblacionales, pero gigante en términos individuales y sectoriales– la creación y puesta en circulación de la Unidad Móvil de Documentación del registro provincial de las personas.6 En este contrapunto hay desencuentros que me permiten marcar el sentido en el que quiero orientar el debate. Primero, esta unidad no realiza las llamadas inscripciones tardías y, segundo, un par de semanas después vi una unidad –ahora nacional– en la planta baja del Shopping Abasto en la ciudad de Buenos Aires, donde (disculpen si me equivoco) creo que solo soluciona trámites de documentación a un determinado tipo de ciudadanos que es de suponer que, si van al shopping, pueden ir a la delegación del registro.7 Nunca fue la unidad móvil a las zonas donde trabajo y se conoce hace tiempo que hay dificultades de documentación, quizás en parte porque no podría dar respuesta, en parte porque de a ratos me representa más una vidriera que la efectivización de derechos universales. No concordamos en las prioridades.

Otro ejemplo, con agentes estatales que operan en otro formato. Yo compartía un panel sobre juventudes con la actual directora de Educación Secundaria de la provincia de Buenos Aires8 y ella relató cómo hubo que emitir una comunicación desde esa dirección para prohibir que las escuelas coloquen el cartel “no hay vacantes” en el período de inscripciones. El cambio de concepción de la Educación Secundaria como derecho implica que no es la persona la que debe buscarse un lugar por su cuenta, y entonces se enfrenta al cartel de “sin vacantes” y debe arreglarse como pueda. Es en esta prohibición del cartel donde la relación de responsabilidad se invierte en este punto y es el Estado el que debe asegurar el acceso al bien. Hay una corresponsabilidad de generar las condiciones para su cumplimiento, por un lado el Estado, asegurando una vacante, y por otro el pibe y la familia, yendo a la escuela.

Si una persona joven se acerca a una escuela, luego de no ir durante tres años, tímidamente, empujado por cierto entusiasmo y proyecciones a futuro, acompañado por algún amigo o referente, decidido, de algún modo, en ese momento aunque sea, a apostar a una acumulación de saberes posdatada, a inscribirse nuevamente en un ámbito institucional bastante clásico y encuentra que en la escuela lo estaban esperando, lo reciben, lo celebran y lo inscriben, claro está, movilizando también algunos recursos para asegurar su ingreso, ese pibe está de nuevo escolarizado, por lo menos durante un tiempo. Pero si en la entrada de la escuela se cruza con la portera que le dice, “no hay inscripción ahora”, así, casi como al pasar, quizás solo explicando la coyuntura, él puede dar media vuelta y no volver a preguntar por largo tiempo. Estos son ejemplos de lo que llamo la micropolítica pública.

2. Aceptabilidad

a) Mala calidad total

En sí misma, porque están dañados o incompletos la infraestructura y el equipamiento (largas colas sin lugar para sentarse, espacios sucios y en mal estado, sin instrumentos). O porque por ejemplo los profesionales que allí trabajan están ocupando puestos que pertenecen a un circuito desvalorizado, no solo por las malas condiciones de trabajo (contratos flexibilizados, mal pagos, ausencia de elementos, entre otras) sino porque ese no es el lugar de la inscripción de sus deseos: no quieren estar en esa clínica, en ese servicio local, con esos pibes, con esos padecimientos, en medio de esa pobreza. Estos trabajadores se sienten mal en estos espacios, maltratan y son, desde su punto de vista, maltratados.

b) Mala calidad parcial

Espacios donde hay trabajadores que ofrecen una buena calidad de atención, pero produciendo una escisión en dicha atención. Separan “el servicio” de la persona con la que tratan. Generan, por un lado, una buena calidad del servicio, según su perspectiva, basada en excelencia académica (por ejemplo, en el caso médico, centrado en “la enfermedad” o “el cuerpo” y, en el caso de abogados, redactando escritos efectivos) y, por otro lado, el trato a "la persona".9 No se ofrece un abordaje integral; se divide a la persona y se fragmenta la intervención. En el caso de niñas, niños y adolescentes, donde el paradigma de promoción y protección de derechos es ley, o sea, derecho enunciado, concretamente se produce que su efectivización está lejos de suceder. Otro ejemplo es el derecho a la educación, está accesible, pero es un derecho que se cumple en un formato subvaluado o desvalorizado, como ya nos explicaran Bourdieu y Passeron (2003) hace tiempo, la certificación será igual jurídicamente, pero no tendrá el mismo valor.

En las situaciones enunciadas como ejemplos analíticos y en todas aquellas que representa la breve descripción ofrecida, las personas jóvenes participan en relaciones en las que el diferencial de poder no está de su lado. Lo etario se convierte así en un agravante de la desigualdad en relación a otros grupos etarios. En el mejor de los casos, los chicos sostienen las mismas condiciones de vida de sus familias y sectores de clase; en el peor, se profundiza la pobreza y la vulneración de derechos.

Producción científica: jóvenes entre el centro y la periferia de la academia

¿Los jóvenes en la periferia de la academia? La primera respuesta es que no. Los jóvenes ya no están en la periferia de la academia, ni como trabajadores de la ciencia y la tecnología, ni como “objeto” de estudio para las ciencias humanas y sociales.

Hay muchos investigadores jóvenes. Ya desde 2005 nos empezamos a posgraduar colegas en temas de juventud, actualmente debe de haber más de diez tesis doctorales defendidas que explícitamente se incluyen en estudios de juventud. A eso habría que sumar las de grado y maestría y todas las que trabajan sobre el sector social aunque no problematicen la cuestión etaria. La inversión en ciencia y tecnología está dando sus frutos; lleva entre diez y quince años de estudio que una persona se forme como investigador junior. Estaremos entonces en los próximos años siendo testigos de los frutos de esa inversión pública (esto también debe ser leído en parte como políticas de juventud) y deberemos acompañarla con rigurosidad metodológica, honestidad intelectual y compromiso ciudadano.

Cinco años atrás escribía que no había muchos estudios, ahora los hay (Chaves, 2009). Se puede nombrar como un campo reconocido pero no consolidado el de estudios sobre juventudes desde las ciencias sociales;10 la temática ha cobrado visibilidad, no solo desde la academia, por supuesto, sino –y mucho– desde la industria mediática: salen cada tanto en las portadas de los diarios porque rompen algo, lloran en funerales, matan o mueren en algún accidente de autos o un asalto, roban, toman escuelas, protestan. Muy cada tanto, son mostrados en su creatividad y disfrute.

Pero seguimos con algunos inconvenientes. Lo primero a marcar es que en el estado que tiene el campo de estudios en juventudes estamos maduros ya para hacernos cargo y mejorar metodológicamente nuestro trabajo, profundizar los diálogos establecidos entre disciplinas y regiones, y elaborar teoría a partir de los análisis del contexto local.

El segundo punto es que tenemos una deuda con relación al impacto que la producción científica tiene, por lo menos, con cuatro ámbitos:

1) El ámbito del debate público y las discusiones a través de las industrias de la comunicación. Podríamos trabajar por una mayor incidencia de nuestras investigaciones, dar la pelea por cómo representar y significar a los jóvenes y sus prácticas, colocar complejidad y diversidad de puntos de vista en las discusiones.

2) El ámbito de diseño, implementación y evaluación de políticas públicas y sociales. Estamos avanzando muy focalizadamente, casi solo a fuerza de encuentro de voluntades, en mayores intercambios, pero falta de ambos lados de la relación acciones que profundicen y aseguren el diálogo.

3) El ámbito de la vida de los jóvenes y sus familias, con los que estamos produciendo conocimiento. Hay experiencias interesantes, en general muy puntuales, pero es escaso en un doble sentido. Por un lado, por la falta de reflexión sobre el impacto de nuestra inmersión en la vida del otro y por otro, por la falta de reconocimiento en el sistema científico de los investigadores y los resultados basados en otros modelos y criterios de producción de conocimiento que no sean los hegemónicos.

Y por último,

4) El ámbito del circuito regional, latinoamericano y mundial de producción de conocimiento donde ocupamos una posición periférica. Salvo escasísimas excepciones, casi ninguno de los investigadores en temáticas de juventud con resultados muy loables para nosotros participa e incide en el circuito internacional de producción de conocimiento sobre juventudes. Aquí nuestras desventajas son múltiples, pero eso no nos exculpa de no intentarlo. No convendría dejar que las interpretaciones y explicaciones sobre nuestra sociedad y nuestra cultura solo se ofrezcan desde fuera y para afuera como una verdad sin discusión, mientras que la producción de datos y nuestras investigaciones ofrecen resultados situados.

Sería interesante dialogar, no solo para evaluar lo que estamos produciendo, sino también porque hay circuitos, sobre todo los angloparlantes, a quienes realmente les hace falta acordarse de las condiciones de desigualdad. Les vendría bien leernos y recordar que las formas de vida de las juventudes europeas tienen mucho que ver con las juventudes latinoamericanas, no solo porque pueden compartir alguna adscripción estilística o política, sino porque la única forma de sostener el nivel de vida de ellos es a costa del nivel de vida nuestro.

Haciéndonos cargo

En el transcurso de este escrito he indicado elementos del estudio de tres campos de producción sociocultural –como expliqué repetidas veces, se trata de una investigación en curso–, a partir del uso de la tensión centro-periferia: 1) la producción de juventud urbana pobre; 2) la producción de políticas públicas que “tocan” a los jóvenes en el barrio y 3) la producción científica que se ocupa del tema. Para los puntos 1 y 2, resta profundizar el trabajo de campo y el análisis de los datos e intentar explicaciones con mayores diálogos con la literatura existente. Pero fue relevante analizar cómo el relato biográfico se inscribe al mismo tiempo en la estructura etaria y en la estructura urbana, identificando posiciones de los agentes en algunas relaciones de poder que los atraviesan, resaltando las repeticiones y superposiciones de las subordinaciones, así como las instancias regidas por lógicas de complicidad. Ambos tipos de relación existen en espacios centrales de sus vidas y algunos son lugares de inscripción de sus deseos que hacen sentido fuerte en la constitución de ellos como agentes en esta sociedad.

He mostrado indicios de cómo la cuestión de las barreras de acceso merece mayor visibilidad tanto para las políticas en general como para las que se ocupan en particular de los jóvenes, ya que se suma la particularidad etaria, que ocasiona generalmente mayores desventajas, y en singular, cuando la condición etaria se articula con la condición de clase, género, etnia y territorio, promoviendo que para los sectores más “periféricos” a la efectivización de derechos la distancia se mantenga o se profundice. Es un llamado a hacernos cargo de la centralidad de sus vidas para la posibilidad de la nuestra en tanto vida en común. Coloquemos el tema en el centro, no solo del debate, sino de las grandes políticas, así como de las micropolíticas.

En el tercer apartado di cuenta de los avances realizados en el campo de estudios de juventud en el país y también de las deudas pendientes. Una última anotación agregada luego de la discusión que se realizó en el panel. Nosotros, los investigadores y profesores, somos política pública, porque la política científica y de educación superior son políticas públicas. La academia no está por fuera del Estado en ningún país de América Latina y mucho menos en Argentina. El mayor número de profesionales egresa de la universidad pública; muchos de ellos nos hemos además formado completamente en el sistema de educación pública (en mi caso desde el jardín maternal). Me debo entonces al Estado, pero no como obsecuencia ni como cliente ni como títere o colaboradora del gobierno de turno. El compromiso es con el pensamiento crítico, el respeto es con mis conciudadanos –con todos– y el esfuerzo es imaginar mejores modos de vivir juntos. ◙

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Grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas: ejemplos de Argentina y Brasil.
Beatriz Cuenya

Este trabajo parte de un interrogante presente en el debate latinoamericano en torno a los grandes proyectos: ¿implican estos una subvención al capital inmobiliario, a empresas privadas y a consumidores ricos, a expensas de recursos o patrimonio públicos; o bien el sector público puede capturar las plusvalías urbanas para redistribuirlas socialmente? Para avanzar una respuesta, primero se define el alcance conceptual de los grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas. Luego se presentan algunos ejemplos de Argentina y Brasil, indicativos de tres estrategias de gestión por parte de los gobiernos locales: una regresiva, según la cual los nuevos entornos se financian a costa de recursos y patrimonio públicos; otra más redistributiva, que permite subsidiar a las zonas más pobres con los recursos generados en las zonas de redesarrollo, y una tercera más bien neutra que supone que el redesarrollo se autofinancia con recursos generados por los propios inversores privados y consumidores ricos.

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GLOBALIZACIÓN Y CAMBIO EN EL SUR DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES.
Hilda María Herzer

Este artículo examina la vinculación entre globalización, territorio y ciudad, focalizando el análisis en un aspecto de ese proceso que comienza a darse con cierto ímpetu en la ciudad de Buenos Aires desde fines de la década de 1990 hasta el presente. Se trata del proceso de gentrificación que en estos años se ha desarrollado en distintos barrios. Se hace hincapié en el proceso que, desde la década de 1990, tiene lugar en la zona sur de la ciudad.

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La cuestión de la vivienda en el Área
Metropolitana de Buenos Aires (2003-2008).
María Cristina Cravino

Este trabajo parte de un interrogante presente en el debate latinoamericano en torno a los grandes proyectos: ¿implican estos una subvención al capital inmobiliario, a empresas privadas y a consumidores ricos, a expensas de recursos o patrimonio públicos; o bien el sector público puede capturar las plusvalías urbanas para redistribuirlas socialmente? Para avanzar una respuesta, primero se define el alcance conceptual de los grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas. Luego se presentan algunos ejemplos de Argentina y Brasil, indicativos de tres estrategias de gestión por parte de los gobiernos locales: una regresiva, según la cual los nuevos entornos se financian a costa de recursos y patrimonio públicos; otra más redistributiva, que permite subsidiar a las zonas más pobres con los recursos generados en las zonas de redesarrollo, y una tercera más bien neutra que supone que el redesarrollo se autofinancia con recursos generados por los propios inversores privados y consumidores ricos.

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La juventud en plural: desigualdades, temporalidades e intersecciones.
Ramiro Segura

En este texto de presentación del dosier se plantean los ejes que se desplegaron en la mesa de un seminario en la que participaron especialistas en la investigación sobre juventudes con miras a establecer y profundizar el diálogo y el intercambio a escala regional sobre la temática, no solo en lo relativo a los desarrollos estrictamente académicos, sino también en lo que respecta tanto a las formas en que la investigación sobre juventudes desde las ciencias sociales se vincula actualmente con las políticas públicas como a los desafíos que la investigación social y la política pública sobre juventudes en la región tendrán en el futuro.

Se da cuenta de las miradas convergentes sobre el campo de estudio en juventudes y de las claves de lectura de los especialistas para reconocer la juventud en plural. En esta introducción se destaca cómo la desigualdad, las temporalidades y las intersecciones se constituyen en vectores analíticos desde los cuales se desagregan las juventudes como objeto de estudio.

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Jóvenes entre el centro y la periferia de la ciudad, del Estado y de la academia.
Mariana Chaves

En este escrito se analizan someramente tres campos de producción de lo social desde la perspectiva de la dinámica centro-periferia. Estas categorías tienen cierto potencial creativo para pensar las relaciones de producción del espacio social, pero, además de la ayuda para espacializar relaciones entre diferentes potenciales de poder, estas nociones nos habilitan para estudiar el punto de vista del actor o la visión de mundo. Se trata de conocer quién o quiénes deciden nombrar y logran colocar algo como centro y otra cosa como periferia. Ofrezco como respuesta simplificada anticipada que es desde el lugar donde está posicionado el sujeto, desde donde ve y nombra el mundo. Con esta hipótesis buscaremos pistas para entender el juego de la producción social de: 1) la juventud urbana; 2) las políticas públicas y sociales, que “tocan” a los jóvenes, y fi nalmente; 3) la producción científica sobre juventudes.

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Sensibilidades, derechos y participación juvenil en el escenario político
Itinerarios de investigación y agendas de discusión.
Pedro Núñez

Este artículo aborda la discusión acerca de las formas de participación política juvenil en el periodo entre 2008 y el ciclo político que termina con las elecciones presidenciales de 2015 en la Argentina, aunque se realiza el ejercicio de pensar qué dinámicas adquirieron estos fenómenos en países vecinos. La intención es proponer algunas claves y ejes a considerar como parte de un programa de investigación en la relación entre juventud y política. Para ello se analizan diferentes aspectos de las prácticas políticas juveniles, señalando aquellas cuestiones innovadoras en las formas de militancia como las que replican modos más tradicionales de involucramiento político.

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Investigaciones sobre juventud en Brasil: género y diversidad.
Wivian Weller

El artículo recorre las formas y los momentos de la investigación sobre la juventud en Brasil desde el análisis del movimiento estudiantil durante la década de 1960 hasta los años 2000, cuando comenzaron a diversifi carse los estudios al introducir las dimensiones de género, sexualidad, raza y etnia, entre otras dimensiones de la diferencia y la desigualdad, para llegar a la inquietud en el presente sobre cómo superar cierta difi cultad de articulación de diferentes categorías de análisis en un análisis interseccional de la juventud.

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Distancias cercanas y diferencias encontradas en la Ciudad de Buenos Aires. El caso de los adultos y las adultas que viven en las calles. 1997-2011.
Martín Boy

En este artículo se trabajará sobre las limitaciones que se encuentran en el campo de la Sociología Urbana para pensar el encuentro de otredades de clase que reactualizan procesos de desigualdad social. Mucho se ha escrito sobre el proceso de segregación residencial que atravesó a la Ciudad de Buenos Aires desde la profundización del neoliberalismo en la década de 1990 pero poco se dice sobre cómo la crisis social, política y económica modificó el paisaje urbano y cómo diferentes grupos de pobres reocuparon áreas centrales de la ciudad para desarrollar en el espacio urbano estrategias de supervivencia. De esta forma, se intentará reproblematizar cómo los pobres también construyen usos y significaciones de un mismo espacio céntrico.

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Hacia un enfoque relacional del bienestar
Elementos para el diagnóstico y la orientación de políticas públicas
Rolando Cristao

En el presente trabajo se analiza críticamente el enfoque de pobreza y se propone el enfoque de los activos y estructura de oportunidades como herramienta para el diagnóstico social. A partir de este desarrollo, se discute en qué medida el concepto de desigualdad podría actuar como organizador del análisis de la situación social.

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Programas sociales y personas en situación de calle en la ciudad de Buenos Aires
Un mapa conceptual de las intervenciones
Andrea Bascialla

El presente trabajo presenta un análisis resumido de las políticas sociales generadas por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para personas en situación de calle. A partir de la sistematización de la información ofi cial disponible, se confeccionó un cuadro de los programas y se señalaron los conceptos más sobresalientes en relación a: i. qué ejes de la vida en la calle se recortan como problema social a solucionar; ii. qué responsabilidades atañen a cada actor social en estas soluciones y iii. qué aspectos de los grupos poblacionales se delimitan con determinadas categorías (edad, género, etc.). Se consideró el eje temporal para contextualizar las categorizaciones y esquemas de intervención. El análisis incluyó, además, los aportes teóricos vigentes sobre el tema para entender que la focalización en la falta de vivienda y la invisibilización de las causas estructurales impiden soluciones de largo alcance.