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Grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas: ejemplos de Argentina y Brasil.
Beatriz Cuenya

Este trabajo parte de un interrogante presente en el debate latinoamericano en torno a los grandes proyectos: ¿implican estos una subvención al capital inmobiliario, a empresas privadas y a consumidores ricos, a expensas de recursos o patrimonio públicos; o bien el sector público puede capturar las plusvalías urbanas para redistribuirlas socialmente? Para avanzar una respuesta, primero se define el alcance conceptual de los grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas. Luego se presentan algunos ejemplos de Argentina y Brasil, indicativos de tres estrategias de gestión por parte de los gobiernos locales: una regresiva, según la cual los nuevos entornos se financian a costa de recursos y patrimonio públicos; otra más redistributiva, que permite subsidiar a las zonas más pobres con los recursos generados en las zonas de redesarrollo, y una tercera más bien neutra que supone que el redesarrollo se autofinancia con recursos generados por los propios inversores privados y consumidores ricos.

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GLOBALIZACIÓN Y CAMBIO EN EL SUR DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES.
Hilda María Herzer

Este artículo examina la vinculación entre globalización, territorio y ciudad, focalizando el análisis en un aspecto de ese proceso que comienza a darse con cierto ímpetu en la ciudad de Buenos Aires desde fines de la década de 1990 hasta el presente. Se trata del proceso de gentrificación que en estos años se ha desarrollado en distintos barrios. Se hace hincapié en el proceso que, desde la década de 1990, tiene lugar en la zona sur de la ciudad.

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La cuestión de la vivienda en el Área
Metropolitana de Buenos Aires (2003-2008).
María Cristina Cravino

Este trabajo parte de un interrogante presente en el debate latinoamericano en torno a los grandes proyectos: ¿implican estos una subvención al capital inmobiliario, a empresas privadas y a consumidores ricos, a expensas de recursos o patrimonio públicos; o bien el sector público puede capturar las plusvalías urbanas para redistribuirlas socialmente? Para avanzar una respuesta, primero se define el alcance conceptual de los grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas. Luego se presentan algunos ejemplos de Argentina y Brasil, indicativos de tres estrategias de gestión por parte de los gobiernos locales: una regresiva, según la cual los nuevos entornos se financian a costa de recursos y patrimonio públicos; otra más redistributiva, que permite subsidiar a las zonas más pobres con los recursos generados en las zonas de redesarrollo, y una tercera más bien neutra que supone que el redesarrollo se autofinancia con recursos generados por los propios inversores privados y consumidores ricos.

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La juventud en plural: desigualdades, temporalidades e intersecciones.
Ramiro Segura

En este texto de presentación del dosier se plantean los ejes que se desplegaron en la mesa de un seminario en la que participaron especialistas en la investigación sobre juventudes con miras a establecer y profundizar el diálogo y el intercambio a escala regional sobre la temática, no solo en lo relativo a los desarrollos estrictamente académicos, sino también en lo que respecta tanto a las formas en que la investigación sobre juventudes desde las ciencias sociales se vincula actualmente con las políticas públicas como a los desafíos que la investigación social y la política pública sobre juventudes en la región tendrán en el futuro.

Se da cuenta de las miradas convergentes sobre el campo de estudio en juventudes y de las claves de lectura de los especialistas para reconocer la juventud en plural. En esta introducción se destaca cómo la desigualdad, las temporalidades y las intersecciones se constituyen en vectores analíticos desde los cuales se desagregan las juventudes como objeto de estudio.

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Jóvenes entre el centro y la periferia de la ciudad, del Estado y de la academia.
Mariana Chaves

En este escrito se analizan someramente tres campos de producción de lo social desde la perspectiva de la dinámica centro-periferia. Estas categorías tienen cierto potencial creativo para pensar las relaciones de producción del espacio social, pero, además de la ayuda para espacializar relaciones entre diferentes potenciales de poder, estas nociones nos habilitan para estudiar el punto de vista del actor o la visión de mundo. Se trata de conocer quién o quiénes deciden nombrar y logran colocar algo como centro y otra cosa como periferia. Ofrezco como respuesta simplificada anticipada que es desde el lugar donde está posicionado el sujeto, desde donde ve y nombra el mundo. Con esta hipótesis buscaremos pistas para entender el juego de la producción social de: 1) la juventud urbana; 2) las políticas públicas y sociales, que “tocan” a los jóvenes, y fi nalmente; 3) la producción científica sobre juventudes.

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Sensibilidades, derechos y participación juvenil en el escenario político
Itinerarios de investigación y agendas de discusión.
Pedro Núñez

Este artículo aborda la discusión acerca de las formas de participación política juvenil en el periodo entre 2008 y el ciclo político que termina con las elecciones presidenciales de 2015 en la Argentina, aunque se realiza el ejercicio de pensar qué dinámicas adquirieron estos fenómenos en países vecinos. La intención es proponer algunas claves y ejes a considerar como parte de un programa de investigación en la relación entre juventud y política. Para ello se analizan diferentes aspectos de las prácticas políticas juveniles, señalando aquellas cuestiones innovadoras en las formas de militancia como las que replican modos más tradicionales de involucramiento político.

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Investigaciones sobre juventud en Brasil: género y diversidad.
Wivian Weller

El artículo recorre las formas y los momentos de la investigación sobre la juventud en Brasil desde el análisis del movimiento estudiantil durante la década de 1960 hasta los años 2000, cuando comenzaron a diversifi carse los estudios al introducir las dimensiones de género, sexualidad, raza y etnia, entre otras dimensiones de la diferencia y la desigualdad, para llegar a la inquietud en el presente sobre cómo superar cierta difi cultad de articulación de diferentes categorías de análisis en un análisis interseccional de la juventud.

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Distancias cercanas y diferencias encontradas en la Ciudad de Buenos Aires. El caso de los adultos y las adultas que viven en las calles. 1997-2011.
Martín Boy

En este artículo se trabajará sobre las limitaciones que se encuentran en el campo de la Sociología Urbana para pensar el encuentro de otredades de clase que reactualizan procesos de desigualdad social. Mucho se ha escrito sobre el proceso de segregación residencial que atravesó a la Ciudad de Buenos Aires desde la profundización del neoliberalismo en la década de 1990 pero poco se dice sobre cómo la crisis social, política y económica modificó el paisaje urbano y cómo diferentes grupos de pobres reocuparon áreas centrales de la ciudad para desarrollar en el espacio urbano estrategias de supervivencia. De esta forma, se intentará reproblematizar cómo los pobres también construyen usos y significaciones de un mismo espacio céntrico.

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Hacia un enfoque relacional del bienestar
Elementos para el diagnóstico y la orientación de políticas públicas
Rolando Cristao

En el presente trabajo se analiza críticamente el enfoque de pobreza y se propone el enfoque de los activos y estructura de oportunidades como herramienta para el diagnóstico social. A partir de este desarrollo, se discute en qué medida el concepto de desigualdad podría actuar como organizador del análisis de la situación social.

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Programas sociales y personas en situación de calle en la ciudad de Buenos Aires
Un mapa conceptual de las intervenciones
Andrea Bascialla

El presente trabajo presenta un análisis resumido de las políticas sociales generadas por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para personas en situación de calle. A partir de la sistematización de la información ofi cial disponible, se confeccionó un cuadro de los programas y se señalaron los conceptos más sobresalientes en relación a: i. qué ejes de la vida en la calle se recortan como problema social a solucionar; ii. qué responsabilidades atañen a cada actor social en estas soluciones y iii. qué aspectos de los grupos poblacionales se delimitan con determinadas categorías (edad, género, etc.). Se consideró el eje temporal para contextualizar las categorizaciones y esquemas de intervención. El análisis incluyó, además, los aportes teóricos vigentes sobre el tema para entender que la focalización en la falta de vivienda y la invisibilización de las causas estructurales impiden soluciones de largo alcance.

Número 1 - Primer semestre 2017

ARTÍCULOS LIBRES

Distancias cercanas y diferencias encontradas en la Ciudad de Buenos Aires. El caso de los adultos y las adultas que viven en las calles. 1997-2011

  • Martín Boy

    Lic. en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Doctor en Ciencias Sociales (UBA) y Magíster en Políticas Sociales (UBA). Investigador del CONICET. Investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA). Docente en la Carrera de Sociología de la UBA y Profesor Titular Regular en Trabajo Social de la Universidad Nacional de José C. Paz (UNPAZ). Trabaja en temáticas vinculadas con la pobreza, el conflicto urbano, el espacio público y la diversidad sexual. mgboy_99@yahoo.com / martinboy.boy@gmail.com

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  • Para citar este artículo

    Referencia electrónica
    Boy, Martín (2017). Distancias cercanas y diferencias encontradas en la Ciudad de Buenos Aires: el caso de los adultos y las adultas que viven en las calles. 1997-2011. Ciudadanías. Revista de Políticas Sociales Urbanas N°1. Primer semestre 2017, pp. 141 - 159 [En línea]. Consultada el: 23-06-2018
    URL: http://untref.edu.ar/sitios/ciudadanias/n1_artlibres_art1.php
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Resumen

En este artículo se trabajará sobre las limitaciones que se encuentran en el campo de la Sociología Urbana para pensar el encuentro de otredades de clase que reactualizan procesos de desigualdad social. Mucho se ha escrito sobre el proceso de segregación residencial que atravesó a la Ciudad de Buenos Aires desde la profundización del neoliberalismo en la década de 1990 pero poco se dice sobre cómo la crisis social, política y económica modificó el paisaje urbano y cómo diferentes grupos de pobres reocuparon áreas centrales de la ciudad para desarrollar en el espacio urbano estrategias de supervivencia. De esta forma, se intentará reproblematizar cómo los pobres también construyen usos y significaciones de un mismo espacio céntrico.

Introducción

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) experimentó una fuerte transformación en diferentes momentos histórico-políticos. En la década de 1930 se construyeron grandes hitos urbanos, como, por ejemplo, el trazado de la avenida General Paz (límite político, físico y simbólico que marca la frontera entre la CABA y la provincia de Buenos Aires) y el ensanchamiento de la avenida 9 de Julio. La última dictadura militar argentina (1976-1983) expulsó a los pobres de la ciudad hacia la periferia o, incluso, hacia otras provincias o países limítrofes, con la política de erradicación de villas, y forzó el traslado de vecinos que vivían en el espacio donde fueron trazadas diferentes autopistas que facilitaban el acceso a la ciudad desde la provincia de Buenos Aires, promoviendo así un proyecto de ciudad burgués (Oszlak, 1991).

En la década de 1990 se reforzó un proceso de mercantilización de la CABA ensanchando la brecha entre el norte y el sur. En la ciudad se experimentó un proceso de inversión inmobiliaria concentrada en ciertas zonas de consumo de sectores de ingresos medios-altos y altos que remarcó, al decir de Cravino (2006), la fragmentación de la ciudad en dos tipos de áreas: las “zonas brillantes” y las “zonas opacas” (24). Tal como sostienen Mutuberría Lazarini y Rodríguez (2009: 27), la creciente inversión inmobiliaria que vivió la ciudad tendió a revalorizar áreas urbanas antes degradadas e impulsó la expulsión de los sectores con menores recursos económicos que habitaban en estas. El barrio de Puerto Madero es uno de los ejemplos exitosos de cómo, con el apoyo de la gestión pública en alianza con las constructoras, un espacio urbano puede revalorizarse exponencialmente en un período acotado. Otros ejemplos paradigmáticos fueron la recuperación del Mercado del Abasto en la avenida Corrientes y sus alrededores –lo que impulsó el desalojo de casas tomadas y la llegada de hoteles de categoría– y el proceso de gentrificación que experimentaron San Telmo y Palermo (alrededor de la plaza Cortázar, más conocida como “plaza Serrano”).

A partir de estos casos, se escribió una vasta bibliografía sobre el creciente proceso de segregación residencial que estaba viviendo la ciudad acompañado de un proceso de segmentación en cuanto al acceso a servicios públicos (Kaztman, 2001). En forma paulatina, los barrios y espacios públicos pluriclasistas comenzaron a homogeneizarse. Esto quiere decir que, progresivamente, comenzaron a haber barrios de sectores populares, de clases medias y de clases altas, lo que hacía cada vez más esporádico el cruce entre personas o grupos de diferentes sectores socioeconómicos. Lo mismo puede pensarse con la salud y educación públicas a partir del avance del mercado de las empresas de medicina prepagas y la educación privada.

Si bien todos estos son fenómenos innegables y evidentes para quienes experimentamos y transitamos la ciudad de Buenos Aires, en este artículo se profundizará en lo opuesto: la aparición de nuevos espacios comunes entre personas y/o grupos que pertenecen a diferentes estratos sociales. La crisis de 2001 cambió el paisaje urbano del área central de la ciudad de Buenos Aires; puso en contacto a los marginados sociales con quienes aún pertenecían al sistema económico. Desde esta perspectiva, el concepto de segregación resulta insuficiente para dar cuenta de ciertas dinámicas de la ciudad.

Definiciones que oscurecen (pero guían)

La desindustrialización y, luego, el avance de la recesión económica impulsaron que vastos sectores quedaran relegados del mercado de trabajo formal y sus beneficios. El cuentapropismo y la familiarización de las estrategias de supervivencia (Romero, 2003) tuvieron un correlato territorial: barrios enteros comenzaron a tener como principal actividad económica el cirujeo y se evidenció un incremento de adultos viviendo en las calles (AVC),1 ambas situaciones concentradas en las calles del micro y macrocentro porteños. Esto implicó que el espacio con mayor concentración de puestos de trabajo, donde más de un millón de personas se acercaban diariamente, comenzaba a ser el espacio de encuentro entre quienes aún gozaban del ser parte y quienes habían quedado en los márgenes del sistema.

En mi tesis de doctorado me propuse trabajar con la información que arrojaban los conteos de AVC realizados por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA) para luego georreferenciarla ¿Qué es un conteo y quiénes son contabilizados? El conteo es una política implementada desde el programa Buenos Aires Presente (BAP), implementada desde 1997 casi todos los años, y consiste en recorrer toda la ciudad para identificar desde vehículos a los denominados por la gestión pública como “Sin Techo”. Quienes se encuentran en los vehículos registran en planillas el rango etario aproximado, el género, la ubicación y si se encuentra en grupo o individualmente. No se entabla un diálogo con la persona o grupo. Cabe aclarar que también se realiza parte del conteo a pie en hospitales, terminales de trenes o de micros, es decir, aquellos espacios públicos que no pueden observarse desde los vehículos y donde suelen dormir personas que no cuentan con una vivienda: en los pasillos, en las salas de espera, en las escaleras, etc.

El GCBA definió a los Sin Techo en 2001 como

Toda persona adulta que se encuentre pernoctando en espacios públicos o privados, sin contar con una infraestructura que permita ser caracterizada como vivienda precaria. Esta última supone contar con paredes y techos que otorguen privacidad, albergar pertenencias y generar una situación relativamente estable. También quien se resguarda con cartones o maderas en un bajo puente o autopista. No se considera en situación de calle a una persona que habita en una villa de emergencia u ocupa una casa tomada. Tampoco quien construye una habitación precaria, aislada, en un baldío. (Ferreira, 2001:18)

Como se puede observar, la definición esgrimida se vio delimitada por la mayoría de edad y por la relación del individuo con lo habitacional, es decir, con la tenencia (o no) de una vivienda. De esta manera, quien dormía en la calle se diferenciaba de quienes vivían en villas o en los nuevos asentamientos urbanos por no contar siquiera con casillas de madera o chapas armadas. Por este camino los programas sociales lograron definir y distinguir a sus propios receptores de otros grupos empobrecidos que vivían en la ciudad. A partir de la concepción que relacionó al Sin Techo con la falta de vivienda, se crearon diferentes prestaciones dentro del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: los hogares de tránsito y los dormis /paradores.2

La aparición de categorías tales como “Sin Techo” (ST) dio lugar a importantes contradicciones a la hora de poner en práctica los programas que se mantienen hasta la actualidad, ya que, si una persona Sin Techo es quien carece de un espacio donde pueda pernoctar que le proporcione privacidad y cierta seguridad, ¿qué sucede con quienes son alojados en hogares o en paradores del gobierno? ¿Son considerados Sin Techo en la noche del conteo? En el trabajo de campo realizado en uno de los Paradores del GCBA y en los relatos obtenidos a partir de las entrevistas realizadas a diferentes funcionarios, las personas albergadas en estos dos tipos de prestaciones son nombradas como personas Sin Techo aunque en los conteos que se realizan anualmente no son contabilizados como parte de la población. Esto último sucede porque se aplica a rajatabla la definición que se presentó anteriormente y se contabilizan solamente quienes se encuentran literalmente en la calle. De esta forma, surgen contradicciones que no solo se sostienen en los relatos sino que también se hacen presentes en algunas prácticas de los programas.

Gráfico 1. Cantidad de personas que viven en las calles de la ciudad de Buenos Aires, según año de conteo. 1997-2009

Fuente: Instituto Nacional de Capacitación (INCA). Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

A pesar de todas estas limitaciones, la información arrojada por los conteos del GCBA permitió analizar la evolución de la cantidad de Sin Techo que pernocta en la vía pública ya que la metodología con la que se registran los casos se mantuvo año a año. También permitió analizar si se modificaba la cantidad de AVC en diferentes contextos políticos, sociales y económicos de la ciudad (en particular) y del país (en general). Por las características de la población es difícil saber con certeza por qué puede producirse un aumento o una disminución de la cantidad de personas que pernoctan en la calle. Lo cierto es que en 1997 se creó el Programa Sin Techo porque se observaba un incremento de personas que vivían en la vía pública. En el Gráfico N°1 se plasma el registro de casos relevado por el primer conteo realizado en 1997 y que funciona como punto de partida para pensar la evolución. En el mismo gráfico, en la crisis de 2001-2002 se evidenció un incremento marcado, luego se observa una estabilización seguida de una disminución de la cantidad total. En 2009 se registró un aumento inédito en plena recuperación de la economía y el mercado de empleo (ver Gráfico N°2): se contabilizaron 1950 casos en 2009, casi el doble de lo registrado en el conteo realizado dos años antes.

En definitiva, podría formularse a modo de hipótesis que el aumento del desempleo y las crisis económicas podrían explicar el aumento de la cantidad total. Sin embargo, la recuperación económica y el descenso profundo de la tasa del desempleo no garantizan una merma de la cantidad de AVC. En síntesis, podría pensarse que las crisis expulsan pero que el mercado de empleo, cuando se recupera y ensancha, no absorbe ni la misma cantidad que expulsa ni el mismo tipo de trabajadores. De esta forma, existe un segmento de la población que no logra reengancharse y gozar de los beneficios de la recuperación económica.

Gráfico 2. Evolución del número de Adultos que viven en la calle (AVC) en Buenos Aires y del crecimiento del Producto Interno Bruto en Argentina Base 1997=100

Fuente: Programa Buenos Aires Presente (BAP) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires e Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

A continuación, será importante problematizar cómo los AVC utilizan la ciudad comenzando por saber dónde pernoctan para dar cuenta de los otros usos que las áreas centrales de la ciudad tienen para, luego, comenzar a pensar en los nuevos encuentros protagonizados entre diferentes sectores socioeconómicos.

Dónde pernoctar y por qué: esa es la cuestión

Podría pensarse que los AVC son los más pobres entre los pobres y que se localizan en los barrios de menores ingresos. O podría pensarse que la calidad de la infraestructura urbana de un territorio es determinante a la hora de decidir dónde pernoctar. Horacio Torres (1993: 4) reivindica la naturaleza interactiva de las relaciones sociales y las estructuras espaciales. Este enfoque, que surge en la segunda mitad de la década de 1980, rechaza la postura que ve el espacio como un epifenómeno, como una mera reflexión de la estructura social. Torres agrega:

Por el contrario, siguiendo las reflexiones de Gregory y Urry (1985) acerca de la relación entre las relaciones sociales y las estructuras espaciales, puede afirmarse que “la estructura espacial no debe ser vista solamente como la arena en la cual la vida social se desarrolla, sino como el medio a través del cual las relaciones sociales se producen y reproducen” (Torres, 1993:4).

Esta forma de concebir el espacio permite pensarlo no solamente como el lugar donde las personas que viven en la calle se desempeñan sino que también posibilita problematizar cómo ellas lo utilizan como un recurso para producir y reproducir su cotidianeidad. En este sentido, plantear ciertos interrogantes –como por ejemplo dónde pernoctan– permite empezar a vislumbrar la relación que existe entre el espacio y las estrategias que los AVC desarrollan para satisfacer sus necesidades básicas.

A partir de la georreferenciación de los datos proporcionados por el conteo realizado en 2007, se pudo vislumbrar dónde pernoctaban los AVC. La ciudad de Buenos Aires cuenta con cuarenta y siete barrios; sin embargo, la población que duerme en las calles no se reparte en forma equitativa. A la hora de decidir dónde dormir este grupo elige principalmente siete barrios, todos ellos ubicados en la zona central de la ciudad, denominada frecuentemente micro y macrocentro porteños.3 En esta misma zona es donde se encuentra la mayor concentración comercial. La zona central, altamente equipada con comercios y empresas y con un fuerte fluido de transeúntes, se conforma como un área donde pueden generarse oportunidades. A su vez, la gran mayoría de los albergues se ubica en zonas aledañas al micro y macrocentro porteños, a una distancia que puede cubrirse a pie si fuera necesario.

La información de los conteos, georreferenciada, permitió distinguir tres tipos de barrios: los barrios con alta concentración, los barrios intermedios y los barrios con poca o nula presencia de AVC. Como puede observarse en el mapa N°1, dentro de los “barrios preferidos” pueden distinguirse siete de ellos: San Nicolás, Monserrat, Constitución, Balvanera, Recoleta, Retiro y San Telmo, en ese orden. Todos estos barrios se ubican en la zona central y confirman la tendencia de los conteos de los años previos. Luego, puede observarse el grupo de los “barrios intermedios” (ver mapa Nº 1), ubicados en el norte de la ciudad, principalmente Palermo y Belgrano. A su vez, dentro de este segundo grupo, pueden incluirse tres barrios ubicados en el sur y centro de la ciudad: Parque Patricios, Almagro y Caballito. En el tercer grupo de barrios, la presencia de personas que pernoctan en las calles es muy baja o nula y esto sucede hacia el sur (Villa Soldati y Lugano, por ejemplo) y hacia el oeste de la ciudad (Liniers y Floresta, por ejemplo). Donde se encuentra mayor riqueza en cuanto a concentración comercial y de cantidad elevada de transeúntes es donde más se localizan las personas que duermen en la calle por la noche. Y no en los barrios más pobres de la ciudad.

Fuente: elaboración propia a partir de los datos brindados por el conteo realizado en 2007 por el Ministerio de Desarrollo Social y el procesamiento de la información a partir del software UrbeosCities.

Retomando lo expuesto en la primera parte de este escrito, conocer estos datos me permitió replantearme qué permite analizar el proceso de segregación urbana que atravesó a la ciudad de Buenos Aires, sobre todo con el neoliberalismo, y qué es lo que deja afuera. El incremento de la brecha entre ricos y pobres también modificó el paisaje urbano de los barrios con nivel socioeconómico más elevado. El avance del desempleo y el incremento de la pobreza y la indigencia se vieron plasmados también a partir de la presencia de nuevos grupos (cartoneros y AVC, por ejemplo), que comenzaron a usar intensivamente el espacio público de zonas centrales de la ciudad con altos ingresos, generando así nuevos puntos de encuentro entre quienes habían quedado al margen del sistema y quienes aún eran parte.

Como se desarrolló en otros trabajos, fue importante complementar las fuentes secundarias de datos cuantitativos con los datos arrojados por el propio trabajo de campo realizado desde una perspectiva cualitativa para profundizar las características que asumen este nuevo tipo de vínculos entre actores que ocupan posiciones sociales cercanas espacialmente pero alejadas en los planos simbólicos y económicos.

La situación de calle: encuentro entre diferentes

La relación entre los diferentes grupos involucrados en torno a la situación de calle no puede pensarse por fuera de las dinámicas de la ciudad. En este sentido, la ciudad de Buenos Aires ha sufrido importantes transformaciones urbanas en los últimos 30 años y una de ellas se vincula a la profundización del proceso de segregación residencial. Rubén Kaztman define este proceso como la “voluntad de los miembros de una categoría (clase social) de mantener o elevar las barreras que la separa de otras clases” (Kaztman, 2001: 4). En términos de localización de vivienda, la segregación implica que los diferentes sectores socioeconómicos que habitan la ciudad comiencen a vivir en barrios cada vez más homogéneos, lo que lleva a que se reduzcan los puntos de contacto entre las diferentes clases sociales. La pérdida de contacto entre los diferentes grupos tiene, para este autor, muchas consecuencias, y una de ellas es el incremento de la intolerancia a la desigualdad. Es decir, al no haber ámbitos comunes de contacto entre los diferentes, no se produciría empatía entre las personas que pertenecen a sectores socioeconómicos distintos. Si bien es cierto que el proceso de segregación residencial y de separación entre los grupos es una realidad innegable, al menos en la ciudad de Buenos Aires, este concepto no permite analizar los nuevos tipos de encuentros que se producen cuando aumenta la marginalidad urbana y la pobreza, cuando ciertos sectores comienzan a subsistir gracias a los recursos que pueden proporcionar los otros habitantes y la infraestructura de la ciudad en sí.

Quienes se encuentran desplazados del sistema a partir de estas relaciones pueden elaborar estrategias que les permitan satisfacer algunas de sus necesidades. Siguiendo esta línea, Cosacov y Perelman (2011) señalan que, a diferencia de otras ciudades latinoamericanas, Buenos Aires mantiene su estructura de barrios abiertos y se oponen a la perspectiva que sostiene que la ciudad está experimentando un proceso de insularización que llevaría, tal como sostiene Janoshka (2002), a la desintegración de lo urbano, a la imposibilidad de vivir juntos en una ciudad fragmentada. Cosacov y Perelman (2011) proponen:

[…] matizar ese diagnóstico sobre la fragmentación y “disolución de lo urbano” en mundos inconexos donde los diferentes grupos sociales no tendrían interacciones, intercambios ni encuentros. Planteamos la necesidad de un análisis que ponga en suspenso la imagen de la ciudad fragmentada para colocar en el centro las interacciones, por cierto conflictivas, entre grupos sociales que tienen diferentes capacidades materiales y simbólicas de apropiación del espacio urbano. Nos interesa focalizar en las interacciones porque constituyen también un modo de ver las maneras en que se reproduce –y legitima– la desigualdad social (Cosacov y Perelman, 2011).

La perspectiva elegida por los autores permite enfatizar en los encuentros “entre grupos distantes en términos sociales, pero próximos en términos físicos” (Cosacov y Perelman, 2011). En estos encuentros es donde se construyen fronteras simbólicas entre los diferentes grupos atravesadas por valores morales que, a su vez, producen identificaciones y diferenciaciones. En las interacciones sociales se reactualizan las fronteras simbólicas y se confirman los procesos de exclusión entre unos y otros. Esta perspectiva contribuye a pensar la calle como un lugar de cruce de las diferencias a partir de las cuales se tejen vínculos solidarios o todo lo contrario.

Como se mencionó anteriormente, el concepto de segregación no permite dar cuenta de las relaciones entre diferentes porque no tiene presentes los nuevos contactos que se generan en ciertos espacios en los que las diferencias de los distintos se encuentran. En esta dirección, Carreteiro y Santos (2003) ponen énfasis en concebir la calle como un espacio de encuentro de universos complementarios y opuestos y, de esta forma, la vía pública es vivida como el territorio de la multiplicidad por excelencia.

Tal como se mencionó anteriormente, la mayor cantidad de personas que pernoctan en la calle lo hace en la zona central y es allí donde se produjeron las transformaciones urbanas más importantes que remarcaron pronunciadamente los contrastes sociales. En este sentido, según Ciccolella (1999), a partir de mediados de la década de 1990 se produjo una modernización del espacio empresarial con la construcción de oficinas de última generación, edificios inteligentes, centros empresariales y de negocios, y hoteles internacionales, especialmente en el micro y macrocentro de la ciudad. De esta forma, la centralidad de Buenos Aires se fortaleció y se preparó para recibir a empresarios, ejecutivos, inversores y a un turismo cada vez más masivo, sobre todo a partir de la devaluación del peso argentino en 2002.

Al pie de los edificios opulentos e inteligentes aparecen actores que encarnan la desigualdad y la falta de oportunidades: los cartoneros que buscan materiales reciclables entre las grandes cantidades de residuos desechados y los AVC que encuentran en las galerías comerciales y en los accesos del subterráneo espacios donde pernoctar, refugiados del frío y de las luces. De esta forma, los incluidos y los excluidos de la formalidad, y los derechos y beneficios que esta conlleva, conviven en un mismo espacio utilizado de diferentes formas y en distintos horarios. En un momento del día, predominan en el paisaje las multitudes de trabajadores empleados en las compañías ubicadas en los edificios tecnológicos y, por las noches, los desplazados o quienes no supieron/quisieron sumarse al sistema económico formal utilizan la calle como un recurso necesario para sobrevivir.

Las calles céntricas de Buenos Aires son una manifestación de la creciente polarización social que allí convive. De esta manera, no resulta apropiado pensar, tal como propone el concepto de segregación residencial, solo en el desencuentro de los distintos sectores sociales y en los espacios institucionales que ya no comparten, sino que es pertinente abordar los nuevos ámbitos en los que sí se producen encuentros y en las nuevas formas de articulación entre unos y otros. En esta dirección y tal como se señaló en otra oportunidad: “[...] el espacio común se encarna, ahora y como nunca, en la calle, aunque con usos diferenciales; la calle sigue siendo el lugar en el cual las diferencias se encuentran, se miden, se solidarizan y se molestan” (Boy y Perelman, 2008).

La mirada del otro: (in)visibilizarse o matizar las diferencias

Desde la posición de las personas que viven en la calle existe un Gran Otro (GO) que está encarnado en la sociedad. Esa mirada externa condiciona los comportamientos de los AVC, sobre todo los de quienes deciden no pernoctar en grupo. Estas razones se anclan fuertemente en los atributos negativos que el estereotipo remarca sobre esta población: quietud, vagancia, drogadicción, alcoholismo, suciedad, enfermedad, etc. Ante esta situación, las personas se ven en la disyuntiva de conformar relaciones con pares o defenderse de las miradas estigmatizantes. Como plantea Goffman (2006), el concepto de estigma remite a poseer una característica profundamente desacreditadora y es una clase especial de relación entre atributo y estereotipo. Según este autor, cuando se estigmatiza un atributo de una persona o grupo, a su vez, se confirma la normalidad del que no lo tiene. Sin embargo, a pesar de que los AVC reúnen características estigmatizadas socioculturalmente, esto no implica que exista una recepción homogénea de esa visión estigmatizante. De hecho, el peso de la mirada es mucho más fuerte en aquellos AVC que deciden pernoctar solitariamente que en quienes viven en ranchada. El trabajo de campo permitió constatar que quienes pernoctan solos lo hacen para evitar que los vecinos o transeúntes se sientan intimidados y así tener más chances de convertirse en destinatarios de solidaridades (acceso a comida, abrigos, charlas, entre otras posibles modalidades). Esto no quiere decir que quienes pernoctan en forma grupal no deban lidiar con las miradas del GO.

Por lo dicho anteriormente, surge en los AVC la tensión entre visibilizar la situación estigmatizada por la que atraviesan o invisibilizarla. El escenario por excelencia donde esta tensión se hace presente es la calle. En esta dirección, Delgado Ruiz (2002) sostiene:

[…] espacio público es aquel en el que el sujeto que se objetiva, que se hace cuerpo, que reclama y obtiene el derecho de presencia […] se convierte en una nada ambulante e inestable. Esa masa corpórea lleva consigo todas sus propiedades, tanto las que proclama como las que oculta, tanto las reales como las simuladas (Delgado Ruiz, 2002).

Este autor señala que en el espacio público es donde se producen las relaciones de tránsito, los vínculos ocasionales que muchas veces se encuentran en la frontera de no ser relación en absoluto. En el cruce de las personas se produce una cortés desatención, “consiste en mostrarle al otro que se le ha visto y que se está atento a su presencia y, un instante más tarde, distraer la atención para hacerle comprender que no es objeto de una curiosidad o de una intención particular” (Delgado Ruiz, 2002). Poco se sabe del otro en este tipo de relaciones en la vida urbana, se pueden presumir o sospechar cosas a partir de indicios (ropas, actitudes, modismos, etc.), pero no tendremos casi ninguna certeza del prójimo. Esta imposibilidad de saber sobre el otro nos otorga la posibilidad de ser anónimos en la ciudad, y esta condición, al decir de Delgado Ruiz, actúa como una capa protectora frente a las miradas estigmatizadoras. Los sujetos que se saben posibles candidatos a ser discriminados, especialmente, aunque no exclusivamente, utilizan el anonimato como una estrategia para invisibilizar los atributos que la sociedad condena. Delgado Ruiz identifica, entre otros grupos, a los inmigrantes, pero también podría pensarse en las personas que viven en la calle. ¿Cómo se muestran ante la mirada de la sociedad en general? ¿Existe esta tensión entre visibilizar e invisibilizar en quienes habitan en el espacio público?

José, quien pernocta solo, reflexionó sobre la tensión que existe entre la visibilidad necesaria y la invisibilidad añorada.

Es como que quiero tener una imagen mía. Alguien que me conoce, a lo mejor que hablé, que por ahí me quiere dar un laburo [trabajo]. Cuando te ven dicen “mirá dónde está durmiendo”… Y eso ya significa que estás borracho. Y no, estás tirado porque estás durmiendo. No me gusta. Me gusta estar bien aunque me muera de sueño, dormiré un ratito en una plaza, pero estando siempre bien, que no me vean tirado y eso. Soy cuidadoso con eso.4

José, en este fragmento, demuestra que él tiene en cuenta la mirada de la sociedad a la hora de accionar y que se cuida de las connotaciones que puedan tener sus conductas.

Nuevamente, no se cuestiona esta mirada que juzga, sino que lo que intenta José es esquivarla. Él continuó enumerando las prácticas cotidianas que realiza para lograr la desatención cortés de la que nos hablaba Delgado Ruiz (2002) a la hora de relacionarse en la ciudad. Cuando comienza a relatar las sensaciones de los primeros días en los que pernoctó en la calle señaló:

Aparte, me daba vergüenza. Digo, “no, me tengo que levantar”. Capaz que eran las cuatro de la mañana y ya me levantaba y prefería caminar por la calle y no que pase el colectivo con toda esa gente pensando: “Mirá ese tipo ahí”… Hasta ahora me pasa. O sea, decir que salimos de acá (se refiere al parador) es decirle a alguien que estás saliendo de la cárcel. Una cosa así, no hay una confianza, se hace jodido […] Y la gente tiene miedo, imaginate la gente cómo está. Yo voy a ver gente, así vestido en la calle y me miran como si los estuviera siguiendo. Lo que hago yo es cruzarme de vereda porque me siento mal. Capaz que esta persona se asustó de mi aspecto o algo y piensa que le voy a robar. Una cosa de locos. Igual en el colectivo. ¿Ves? Por eso en el colectivo sucio no me gusta andar. Porque uno a veces emana olores. Me ha pasado que a veces he andado sucio, me he tomado el colectivo, se sienta una señora al lado mío y me mira de reojo. Y yo digo, “¿qué le pasa a esta mujer?, ¿tendré cara conocida?” Me miró con una cara como para comerme y se cambió de asiento. Ahí me di cuenta de que yo tenía olor en la ropa, porque habíamos hecho humo… Y por eso se te alejan… Y ni hablar si estás barbudo o un poco despeinado, te huyen. No me gusta que me pase eso. Si yo quiero andar confiado entre medio de la gente. No que la gente me tenga…5

En este fragmento se hace mucho más evidente la necesidad de no ser visto como una persona peligrosa por la mirada del otro y de no provocar lástima cuando las personas lo observan. Estos dos elementos explican por qué José intenta cuidar siempre su aspecto físico. Constantemente en su relato quedó al descubierto que desde el entorno social existe una atención hacia él y que ese otro enfatiza en las situaciones que no se ajustan al parámetro esperado (un olor, una actitud, un tipo de vestimenta utilizada, etc.). Como plantea Goffman (1979), los comportamientos en las calles responden a normas que pueden ser pensadas como situacionales. Los individuos accionan correcta o incorrectamente en relación con los contextos, pero también con los encuentros. En la vía pública, dice Goffman (1979), los sujetos se están dando pruebas de confianza mutua y estas pueden comenzar a resquebrajarse cuando se desobedecen las normas de comportamiento, los parámetros de conducta esperados en un contexto determinado. La desobediencia visibiliza y esto puede ser desventajoso si se quiere gozar de los beneficios del anonimato.

A José no le agrada sentir esas miradas sobre él, lo manifiesta, y sus cuidados sobre su propio cuerpo e imagen hablan de la necesidad de pasar inadvertido. Parece que su anonimato está en juego ya que a él, por su apariencia y actitudes, el resto de las personas podrían etiquetarlo en una categoría estigmatizada. Justamente por esto, José desarrolla otras maniobras para invisibilizar o atenuar sus atributos socialmente menoscabados.

Hay personas que te quieren ayudar. Pero hay otras que no, porque ya tienen experiencia con otras personas que estuvieron en la misma situación y que se mandaron macanas. Pero hay gente que no, que te da una mano, que te ayuda… A mí me ha tocado de estar durmiendo en la calle, si te ven solo… Ahora, si ven una junta de seis o siete tipos que están durmiendo en la calle, ahí no te ayuda nadie porque si le tienen miedo a uno, imaginate seis o siete.6

José pertenecía al subgrupo que vivía solo y que explicaba esta decisión apelando a los atributos negativos que le son asignados socialmente a los AVC. Para él, pernoctar en grupo está visto por el GO como un foco de peligrosidad, y esto le significaba perder la posibilidad de recibir ayudas de los vecinos. Recordemos que la solidaridad del otro es imprescindible para satisfacer necesidades básicas y reproducir el día a día. Pero para que estas solidaridades se produzcan, es necesario ser reconocido como una persona que vive en la calle. De esta forma, nos encontramos con la tensión anunciada: José intenta conquistar anonimato, pero, a su vez, necesita ser visible para acceder a recursos imprescindibles para la vida cotidiana de un/a AVC.

En la misma dirección que José, Washington también menciona que las ayudas llegan cuando se cumplen ciertas características relacionadas con la imagen.

Claro, la gente es muy solidaria. La gente te ve en un parque y se acerca con comida, con ropa… Y si te ve drogado, tirado y borracho, no creo que te dé nada. Quizás sí. Uno busca tener buena ropa medianamente como para seguir desde un punto de vista el tren de vida que uno llevaba... mantenerse bien. Yo ahora me tengo que hacer exámenes para ver al dentista. Si vos les preguntás a los de la calle, no van al dentista.7

En el testimonio de Washington puede verse nuevamente el esfuerzo por diferenciarse del estereotipo que existe del AVC. Nuevamente surge la idea de la necesidad de ser reconocido como una persona que vive en la calle para acceder a recursos proporcionados por otros. Podemos agregar que este reconocimiento tiene mayor éxito cuando se cuidan las formas, cuando se logra un cierto acercamiento a los parámetros socialmente esperados.

El testimonio de Marcelo también dio cuenta de la importancia de mostrarse ante el otro como una persona alejada de los males de las grandes ciudades: el robo, la ingesta de alcohol desmedida, el consumo de drogas ilegales, etc.

Marcelo: No es que se discrimine, lo que pasa es que hay gente que toma y gente que no. Hay gente que es más rescatada en la calle, hay mucha gente que es rescatada, pero no todos somos iguales, ¿viste? Yo gracias a Dios no tomo, no me drogo, nunca me drogué… estuve en la calle y nunca me drogué. Pero conozco gente que sí...

[…]

Yo: ¿Sentís que la gente te mira mal por algo?

Marcelo: Algunos sí, te hacen desprecio. No todos.

Yo: ¿De los que pasan caminando?

Marcelo: Sí. Igual no todos. Allá en Constitución sí, porque hay mucho robo, muy choreo. Es muy distinto.

Yo: ¿Vos decís que allá te asocian con los que están robando…?

Marcelo: Claro, claro. Acá no.

Yo: ¿Y vos que hacías para que no te vean así?

Marcelo: Y nada, trataba de estar mejor... bañadito y afeitadito, porque otra forma no sé. Si estás en la calle, otra no te queda… ¿Cómo buscás la vuelta? ¿Qué solución? Solución hay, pero...…

Yo: O sea que acá no sentís que la gente te mira mal.

Marcelo: No, acá no. Vos respetás y ellos te respetan.8

Marcelo, al igual que los otros testimonios, refleja la necesidad de diferenciarse de los otros AVC, de los que representan los rasgos estereotipados negativos. En este sentido, Marcelo se autopercibe como una persona sana, alejada de todos los vicios, pero la originalidad de su relato radica en la territorialidad de la estigmatización. Constitución aparece acá como un barrio plagado de delito del que hay que distanciarse, cuidando la estética corporal para diferenciarse de los delincuentes. Para Marcelo, cuando la estigmatización está reforzada por la pertenencia a un espacio físico, a un barrio, la solución puede ser mudarse de un lugar a otro. Marcelo migró hacia la plaza del Congreso donde él siente que no es visto por el otro de la misma forma y comenzó a pasar las noches en ranchada. Cambiar de lugar de pernocte para él representó no solo dejar de estar asociado a la delincuencia y no ser más maltratado por la policía, sino que le permitió comenzar a recibir los beneficios de la solidaridad de los vecinos o transeúntes que lo comenzaron a observar a él desde otra percepción. Nuevamente, reaparece la necesidad de ser visible ante el otro para hacer más llevadera la experiencia de vivir en la calle. Pero todos estos relatos deben entenderse en el marco de una gran ciudad que en las últimas dos décadas sufrió fuertes transformaciones y que impartió nuevas formas de relacionarse entre grupos espacialmente cercanos pero muy alejados en cuanto a las oportunidades económicas y sociales.

Palabras finales

A lo largo de este trabajo se retomaron diferentes hallazgos encontrados en diferentes momentos del trabajo de campo realizado para la investigación que culminó en la escritura de la tesis doctoral. En este escrito se intentó dar cuenta de cómo el concepto de segregación residencial o urbana es un proceso innegable para pensar el incremento de las brechas entre las diferentes clases sociales en la ciudad de Buenos Aires pero que es limitado a la hora de problematizar nuevos encuentros que se generan a partir de las crisis económicas o la expulsión de vastos sectores del mercado de empleo.

En esta línea, se ha intentado dar cuenta de cómo los pobres luchan por ocupar espacios centrales de la ciudad para gozar de oportunidades económicas y sociales que la infraestructura urbana y la dinámica de la ciudad posibilitan. Por esto mismo, es sumamente importante dar cuenta de cómo se reactualizan las desigualdades sociales en el encuentro entre diferentes y no solo desde la segregación urbana. Tal como se trabajó desde la Antropología Urbana, la construcción de otredades en las ciudades permite pensar que los discursos y prácticas presentes en torno al encuentro de los diferentes también producen espacios urbanos. En este sentido, la construcción de un Otro es, a su vez, la delimitación y legitimación de un Nosotros. Como sostiene Bartolomé (2006),

[…] la frontera (que se traza con un “otro”) nos ofrece la posibilidad de una singularidad en la cual afirmarnos, un recurso para el ser de cada colectividad humana que se percibe como distinta. […] Muchas veces, las diferencias se utilizan para construir estereotipos caricaturescos sobre “los otros” […] o también le adjudicamos (a ese “otro”) nuestras propias fantasías. (Bartolomé, 2006: 7).

Grimson también nos permite pensar las fronteras simbólicas que se tejen en las ciudades. Este autor sostiene que es necesario estudiar los límites de las identidades y, sobre todo, los “dispositivos a través de los cuales se construyen esas diferencias, articulándolas en la mayor parte de los casos con formas de desigualdad” (Grimson, 2005: 127). En estas desigualdades se siguen (re)produciendo las nociones de un otro que, en este caso, se encontró encarnado en la presencia de AVC en áreas centrales de la ciudad. A partir de estos encuentros, puede comenzar a problematizarse cómo quienes quedan en los márgenes, desde el centro de la ciudad, también construyen estrategias para visibilizar e invisibilizar su situación, para recibir solidaridades vitales para la supervivencia o evitar las miradas estigmatizantes que construyen al otro desconocido en un potencial peligro. ◙

Bibliografía

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*Por política editorial, se ha modificado la versión original. “Los adultos y las adultas” aparecerá como “los adultos” para simplificar la lectura.

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Grandes proyectos como herramientas de creación y recuperación de plusvalías urbanas: ejemplos de Argentina y Brasil.
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GLOBALIZACIÓN Y CAMBIO EN EL SUR DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES.
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Este artículo examina la vinculación entre globalización, territorio y ciudad, focalizando el análisis en un aspecto de ese proceso que comienza a darse con cierto ímpetu en la ciudad de Buenos Aires desde fines de la década de 1990 hasta el presente. Se trata del proceso de gentrificación que en estos años se ha desarrollado en distintos barrios. Se hace hincapié en el proceso que, desde la década de 1990, tiene lugar en la zona sur de la ciudad.

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La cuestión de la vivienda en el Área
Metropolitana de Buenos Aires (2003-2008).
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En este texto de presentación del dosier se plantean los ejes que se desplegaron en la mesa de un seminario en la que participaron especialistas en la investigación sobre juventudes con miras a establecer y profundizar el diálogo y el intercambio a escala regional sobre la temática, no solo en lo relativo a los desarrollos estrictamente académicos, sino también en lo que respecta tanto a las formas en que la investigación sobre juventudes desde las ciencias sociales se vincula actualmente con las políticas públicas como a los desafíos que la investigación social y la política pública sobre juventudes en la región tendrán en el futuro.

Se da cuenta de las miradas convergentes sobre el campo de estudio en juventudes y de las claves de lectura de los especialistas para reconocer la juventud en plural. En esta introducción se destaca cómo la desigualdad, las temporalidades y las intersecciones se constituyen en vectores analíticos desde los cuales se desagregan las juventudes como objeto de estudio.

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Jóvenes entre el centro y la periferia de la ciudad, del Estado y de la academia.
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En este escrito se analizan someramente tres campos de producción de lo social desde la perspectiva de la dinámica centro-periferia. Estas categorías tienen cierto potencial creativo para pensar las relaciones de producción del espacio social, pero, además de la ayuda para espacializar relaciones entre diferentes potenciales de poder, estas nociones nos habilitan para estudiar el punto de vista del actor o la visión de mundo. Se trata de conocer quién o quiénes deciden nombrar y logran colocar algo como centro y otra cosa como periferia. Ofrezco como respuesta simplificada anticipada que es desde el lugar donde está posicionado el sujeto, desde donde ve y nombra el mundo. Con esta hipótesis buscaremos pistas para entender el juego de la producción social de: 1) la juventud urbana; 2) las políticas públicas y sociales, que “tocan” a los jóvenes, y fi nalmente; 3) la producción científica sobre juventudes.

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Este artículo aborda la discusión acerca de las formas de participación política juvenil en el periodo entre 2008 y el ciclo político que termina con las elecciones presidenciales de 2015 en la Argentina, aunque se realiza el ejercicio de pensar qué dinámicas adquirieron estos fenómenos en países vecinos. La intención es proponer algunas claves y ejes a considerar como parte de un programa de investigación en la relación entre juventud y política. Para ello se analizan diferentes aspectos de las prácticas políticas juveniles, señalando aquellas cuestiones innovadoras en las formas de militancia como las que replican modos más tradicionales de involucramiento político.

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En este artículo se trabajará sobre las limitaciones que se encuentran en el campo de la Sociología Urbana para pensar el encuentro de otredades de clase que reactualizan procesos de desigualdad social. Mucho se ha escrito sobre el proceso de segregación residencial que atravesó a la Ciudad de Buenos Aires desde la profundización del neoliberalismo en la década de 1990 pero poco se dice sobre cómo la crisis social, política y económica modificó el paisaje urbano y cómo diferentes grupos de pobres reocuparon áreas centrales de la ciudad para desarrollar en el espacio urbano estrategias de supervivencia. De esta forma, se intentará reproblematizar cómo los pobres también construyen usos y significaciones de un mismo espacio céntrico.

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En el presente trabajo se analiza críticamente el enfoque de pobreza y se propone el enfoque de los activos y estructura de oportunidades como herramienta para el diagnóstico social. A partir de este desarrollo, se discute en qué medida el concepto de desigualdad podría actuar como organizador del análisis de la situación social.

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